El 8 de marzo, a la huelga por nosotras

Históricamente el 8 de marzo se ha conmemorado el día internacional de la mujer trabajadora, pero el patriarcado ha conseguido convertirlo en un simplón “día de la mujer” que en pocos años terminará siendo algo parecido a la celebración de “el día de las Aguedas”. Se pretende borrar de un solo golpe la historia de las mujeres trabajadoras que lucharon y murieron por reclamar sus derechos como clase y como mujeres.

El 8 de marzo es una fecha con un fuerte contenido simbólico, como lo es el primero de mayo. Tenemos que visibilizar las luchas y no olvidar nuestra historia. Por ello es necesario recuperar el verdadero contenido del día 8 de marzo e incluso ir más allá, dotarlo de nuevas reivindicaciones y poner en marcha nuestra mejor herramienta de lucha: La Huelga General.

Existen mil razones para acudir, mujeres y hombres, a la Huelga General el 8 de Marzo y aquí se pretende reflejar algunas de ellas.

Llamar a la Huelga General el día en que se conmemora la lucha de la Mujer Trabajadora, no es solo una herramienta para denunciar la situación laboral de la mujer, sino que forma parte de una Estrategia de lucha contra el patriarcado y la desigualdad entre géneros. Por eso es importante que mujeres y hombres la secunden y con ello dejen patente su rechazo a la sobreexplotación de la mitad del género humano.

Por lo general las mujeres trabajadoras tenemos que soportar un grado de explotación más elevado que los hombres, desde el momento en que por iguales o similares trabajos la retribución salarial es considerablemente más baja. Sufrimos con mayor crudeza la temporalidad y precariedad laboral, al tiempo que tenemos multitud de sectores de actividad vedados a pesar de que no existe legislación que nos prohíba trabajar en ellos. También se nos penaliza la maternidad, pues permanecer fuera del trabajo por dedicarse al cuidado de los bebés durante unos años, supone que la reincorporación laboral se convierte en un calvario.

Es precisamente la estructura patriarcal de esta sociedad la que nos relega a un segundo plano, adjudicándonos básicamente un papel servil, cuidador y reproductivo que nos condena en el mundo laboral a ser una prolongación de ese pensamiento, por lo que sufrimos mayor temporalidad, tenemos menores salarios y ocupamos mayoritariamente sectores laborales relacionados con los servicios y los cuidados. Es significativo que durante el año 2016, 3 de cada 4 afiliadas a la seguridad social lo hiciera en solo 15 actividades económicas, entre las que destaca una abrumadora mayoría en el sector servicios. Prácticamente un tercio de la contratación femenina en 2016 se concentró en la hostelería y el comercio al por menor.

Se da también la circunstancia de que cada vez que la mujer se incorpora significativamente a un sector laboral masculinizado, los salarios bajan y las condiciones empeoran a una velocidad de vértigo. Un ejemplo claro y reciente es el sector de la prensa.

La realidad laboral que sufrimos las mujeres nos aboca a la pobreza, de ahí que se hable de la “feminización de la pobreza”, con raíces profundas en el sistema de explotación patriarcal, y no sólo mientras se está en edad laboral, sino también en la vejez, ya que dos de cada tres pensionistas que no superan el SMI son mujeres. En el 2016, mientras los varones pensionistas percibieron una media de 1.140,37 euros, ellas tuvieron que conformarse con 718,23; es decir, un 37% menos. La brecha resulta especialmente sangrante en los tramos más bajos de pensión. Hay 3.619.215 millones de pensionistas de ambos sexos que no pasan del SMI, fijado por el Gobierno para este año en 707,6 euros al mes. Pues bien, dos tercios de ellos (2.372.672) son mujeres, frente a 1.246.543 hombres.

La estabilidad laboral entre los varones es aproximadamente cinco puntos superior a la de las mujeres. El número de afiliadas a la seguridad social, de carácter temporal aumentó cinco veces más que las que lo hicieron por contratación indefinida, y las jornadas parciales siguen predominando entre las afiliadas que casi duplicaron a las registradas por los hombres cotizantes.

En 2016, al igual que en 2015, la modalidad de Contrato Eventual por circunstancias de la producción, a jornada completa y con una duración igual o inferior a un mes caracterizó la relación contractual más frecuente entre las trabajadoras –superó el 16 % de la contratación femenina–. Le siguieron en frecuencia, los contratos en la misma modalidad, con igual duración pero a jornada parcial (13,20 %) y los de Obra o servicio, a jornada completa y de duración indeterminada (13,04 %). Esta última fue la relación contractual más frecuente entre los varones, con más del 30 % de los contratos, evidenciándose así una vez más la brecha laboral, que siempre se produce en detrimento de las mujeres.

En 2016 los contratos indefinidos a mujeres se incrementaron solo en un 0,75%, frente a una aumento del 6,88% de los contratos temporales, estando el número de trabajadoras con contrato temporal dos puntos por encima de los registrados por los hombres. Todos los sectores experimentaron aumentos de la contratación temporal de mujeres por encima de la indefinida. Por tipo de jornada, la mayoría de las personas contratadas a jornada parcial, el 72,61 % eran mujeres mientras que la mayoría de los trabajadores a jornada completa, el 59,30 % eran hombres.

La brecha de género se traduce en unas tasas de actividad y de empleo inferiores a las de los hombres así como en una tasa de paro 3,03 puntos superior a la masculina.

No se puede obviar el problema del subempleo, que afecta en España a 1,9 millones de trabajadores, de los cuales el 59,09 % son mujeres y el 40,95 º% son hombres. En 2016, en contra de lo ocurrido el año anterior, la brecha de género en el subempleo se amplió casi 5 puntos porcentuales. El subempleo femenino se concentró, como no, en el sector servicios.

 

Podría continuarse aportando datos y datos que reflejan la sobreexplotación y segregación laboral que sufrimos las mujeres (si se desea más información es interesante acudir a la publicación del “Observatorio de las Ocupaciones. 2017 Informe del mercado de trabajo de las mujeres estatal datos 2016”).

En definitiva, la lucha contra el patriarcado no es solo cuestión de mujeres, la lucha contra la explotación, contra la pobreza, contra cualquier forma de dominación, nos incumbe a la totalidad del género humano, hombres y mujeres que comparten un ideario y son capaces de pelear por él.

Por ello el 8 de marzo es necesario que la totalidad de la clase trabajadora acuda a la huelga general, para convertir ese día en una jornada de lucha económica e ideológica, dotada de contenido reivindicativo y transformador, que empodere a la mujer trabajadora y deje un mensaje bien claro al sistema de explotación más antiguo de la humanidad.

Rosa Drosera
CNT Valladolid
Cuidar a las que cuidan

Cuidar a las que cuidan

Tanto o más importante que el techo de cristal para mujeres directivas es el suelo de barro en el que trabajan las mujeres que cuidan de mayores y dependientes.

 

No hay autonomía posible si esta no parte de los vínculos con los demás. El neoliberalismo lo sabe y, justo por eso, se empeña en convencernos de hacer vidas cada vez más individuales, ergo más precarias y a la vez dominables. A fuerza de dejar de preocuparnos por lo relacional, por los cuidados recíprocos, por el común, dejamos que la soledad acreciente nuestra vulnerabilidad, y permitimos, incluso, que la atención a esta vulnerabilidad se convierta en un nicho de mercado, y que se brinde con criterio empresarial.

El encargado de velar por la asistencia a mayores y dependientes en buena parte del Estado es hoy nada menos que Florentino Pérez, presidente del Real Madrid y, a la sazón, de Clece, sociedad multiservicios del grupo ACS, que cuando le falló el ladrillo amplió horizontes sin pudor. Vivimos en una sociedad lo bastante absurda como para poner los cuidados en manos empresas que lo mismo te gestionan un residuo urbano o una zona ajardinada que una residencia de ancianos o la asistencia domiciliaria. Se ha entregado un bien social al ámbito del negocio puro y duro. En fin.

Recientemente, la Plataforma de Auxiliares de Ayuda a Domicilio ha denunciado en el Congreso la precariedad con la que desarrollan un servicio esencial para colectivos vulnerables y, por tanto, para toda la sociedad —todos somos dependientes en alguna medida y, antes o después, lo seremos más—. Las cuidadoras se ven obligadas a denunciar la precariedad y la explotación en un sector que, cómo no, ha sido subcontratado ergo privatizado en todo el Reino de España.

En Cantabria, sin ir más lejos, las delegadas sindicales de CNT y el Sindicato Unitario han denunciado que la UTE QSAD, empresa con la que el Instituto Cántabro de Servicios Sociales (ICASS) subcontrata la asistencia domiciliaria desde 2016, recorta sus ya recortadas condiciones laborales, las explota, algo que, consideran, no sólo las afecta a ellas, sino que repercute en la calidad del servicio, en el bienestar de los usuarios, personas, recordemos, mayores y dependientes.

Hay denuncias en Cantabria, pero también en Madrid, Sevilla, Córdoba, Málaga, Bizkaia, Barcelona… Es general, vaya. Las empresas imponen contratos de jornada mínima con salarios muy bajos, reducciones de horas sin merma del trabajo a realizar, horarios discontinuos con desplazamientos no retribuidos, rapiña en los días de libranza cuando ni siquiera disfrutan de domingos y festivos, no reconocimiento de las enfermedades laborales… Condiciones deplorables, por resumir.

En este colectivo, la gran mayoría son mujeres: es un sector feminizado y, por ello, depauperado. Un sector, además, con un gran porcentaje de trabajadoras migrantes, muchas chantajeadas por la presión de no perder el contrato que asegure su residencia.

Cuidar de los ancianos, nuestros mayores, nuestros progenitores, quienes han trabajado tantos años, quienes acumulan una experiencia que la juventud por ley de vida no tiene, resulta ser hoy algo así como una gestión de residuos. Basta escuchar las declaraciones sobre el colectivo pensionista de ese icono de la vagancia y el descaro político-institucional que es Celia Villalobos —campeona del Candy Crush y de las siestas en el Congreso— para ver el lugar al que han quedado relegados los mayores en nuestra sociedad. Malas pensiones y mal acompañamiento, y todo ello bajo la sombra de una misma amenaza: la empresa y la banca acechan, quieren hacer caja en el sector de la protección y los cuidados.

Para revertir esta terrible tendencia, es imprescindible reconocer el valor social del trabajo de las mujeres que cada día se hacen cargo de una labor fundamental, mujeres que trabajan en pésimas condiciones mientras sufren en sus manos y sus espaldas la dureza de tareas vitales que otros no pueden o no quieren hacer. Deberían tener, cuando menos, tanta equidad en las condiciones laborales como prestigio social y, en cambio, se les come la precariedad mientras las administraciones miran para otro lado.

Ahora que el mensaje de los feminismos llega con más fuerza conviene recordar que la economía feminista pone en el centro el valor de los cuidados: la reproducción de la vida es una cuestión esencial que debemos asumir entre todos, y un trabajo cuyo valor debe ser reconocido. Es relevante romper el techo de cristal para mujeres que desean llegar a puestos directivos, pero lo es tanto o más acabar con el suelo de barro al que están abocadas mujeres que realizan una tarea tan desagradecida y silenciosa como fundamental. Crear riqueza social es mucho más que hacer dinero.

Así que gigantes como Eulen, Clece o empresas más pequeñas como QSAD, que muestran poca vocación de cuidados explotando y maltratando a sus cuidadoras, deberían considerarse incapacitadas para esta importante labor. Las cuidadoras advierten de que la privatización ha conseguido, sobre todo, empeorar el servicio. Experiencias de remunicipalización como la de Albolote muestran otro camino, una mejora del servicio —que incluso ha producido superávit— cuando el principio rector es el bien común y no el beneficio empresarial.

Algo dice de nosotros que proliferen los autocuidados en clave neoliberal —la industria de la felicidad egocéntrica: coaching, masajes, nutricionistas, personal trainer, yoga, mindfulness…— y cada vez menos los cuidados recíprocos. Parecemos no entender que la fragilidad y la vulnerabilidad son comunes a todos y en común se deben gestionar. Descuidarlo, descuidarnos, nos aboca a terminar nuestros días solos, enfermas, abandonados. Y nadie quiere acabar así.

Patricia Manrique
Artículo publicado originalmente en eldiario.es

Sobre el anarquismo y las relaciones de poder. La feminista escondida.

Sobre el anarquismo y las relaciones de poder. La feminista escondida.

No es necesario estar especialmente formada para ser anarquista, en mi opinión. El concepto de Justicia Social es una hebra que cose a cada persona con la realidad, hasta hacerte sentir realmente incómoda. Deshacerse de los conceptos interiorizados y enfrentar la experiencia desde la perspectiva de la lucha, ese ha sido mi aprendizaje. La vida orgánica, asambleas, la oportunidad de tener voz y cuerpo y ser agente de cambio fuerza una torsión en tí, de una manera indescriptible. Y poco a poco lo demás, la teoría, se va aprendiendo.

Escribir puede ser un ejercicio de aprendizaje personal, también. Escribir sobre lo que significa ser mujer. Podría llenar páginas de letras y alusiones, vidas entrecomilladas, referentes en la lucha, pero al fin y al cabo no dejan de ser actos ajenos. Es absurdo negar la influencia de otros pensamientos sobre la vida propia, pero quizá sea por mi momento personal, por la percepción cada vez más cercana del paso del tiempo en mí misma, pero por esta vez, prescindo de mirar alrededor para observar lo que pasa en mi como persona, como mujer, como trabajadora y como madre enfadada con las imposiciones de lo que se supone que debo ser.

No tengo ningún pudor ya. No más de lo que se me exige. Sigo sin poder mantener una relación sana sin haberme depilado porque veto mi propia naturaleza. Mientras concierto una cita con la esteticién de turno, me dedico a compartir por las redes sociales imágenes iracundas que representan mi lucha contra las imposiciones estéticas del sistema. Me consuela pensar que muchas como yo hacen lo mismo. Reclamar nuestro espacio entre arrugas y canas mientras peleamos cada signo que nos hace sentir borrosas ante nosotras mismas. Capitalismo e ilusión de eterna juventud. No es fácil tocarse en una piel rota por los años.

Entre tanto, reclamo mi derecho a mi yo sexual. Me niego a no sentirme deseada, me niego a desearme yo. No encajo en las tallas de los maniquís de las tiendas de ropa interior, no encajo en ninguna parte. Ando en el limbo de las que aún pueden mirarse al espejo cerrando un ojo. Pero deseo, y quiero ser deseada. La mujer como reclamo auto erótico, eso soy yo. Follar sin complicaciones y buscar la propia satisfacción es también uno de los ejercicios de aprendizaje de la vida. No sentirse doblegada, saber imponer un no, y asumir la carga de orgasmos fingidos que llevamos a nuestras espaldas las mujeres que, como yo, aprendimos desde pequeñas que la virtud era un don sometido a vuestra masculinidad.

El amor libre, la anarquía relacional, libertad sexual, relaciones abiertas… Metáforas de personas que buscan nuevos modelos encajadas en viejas ropas.

Ya no existen los entornos seguros. Ni siquiera dentro del anarcosindicalismo. Al contrario de lo que se pueda pensar, el respeto y el aprendizaje feminista no se adquiere por ciencia infusa cuando te dan el carnet de afiliada. Y descubres que una vez más, tu voz y tu lucha se disipan en tus genitales. Compañera es sólo una palabra, no es una realidad. Sigo en mi empeño de no citar, pero si quiero crear aquí un espacio de reflexión para todas aquellas personas que hayan reivindicado alguna vez la lucha feminista como inherente dentro de la anarquista y no como un proceso aparte. Tu lucha por las mejoras de las condiciones laborales no te convierte en feminista. Leer o compartir en redes en manoseado extracto de Durruti hablando de sus responsabilidades en el hogar no te convierte en feminista. Planear un almuerzo fraternal en el local de sindicato y aportar una fiambrera con lo que quiera que haya preparado tu pareja en casa, eso dice lo que eres. Acudir a las asambleas mientras tu pareja ejerce el trabajo de cuidados en casa sola, eso dice lo que eres.

Los estatutos no son más que palabras. Ser una organización feminista por definición no es más que eso. Se impone urgentemente un debate para reflexionar sobre lo que realmente implica para una organización anarquista el incluir la palabra feminista en su descripción.

Las feministas no somos madres. Luchamos entre teorías de crianza, algunas con regusto a tiempos más rancios de anclaje de la mujer al bebé. Si deseamos incorporarnos al mundo laboral se nos critica por ser unas esclavas del sistema y un engranaje más dentro del esquema de producción. Quedarse en casa y ejercer de madre absoluta, diseñando con tus propias manos los juguetes montessori y tejiendo las mantitas de estimulación temprana empieza a ser una opción para muchas mujeres. Es cierto sin embargo que esta segunda alternativa necesita un socio capitalista como
sustentante del hogar. Y que, a mi parecer, anula muchas facetas de la mujer – persona, convirtiéndola en mujer-madre. Pero ¿quién soy yo? Una madre educada por un pediatra.

Y luego estamos esa masa de mujeres que compatibilizamos nuestra progresión personal y laboral con una maternidad asfixiante por lo que demanda. Y nosotras, precisamente, somos las que hemos sido expulsadas del edén confederal. Nosotras, las que le enseñamos a nuestras criaturas la igualdad, las que ejercemos de juez y parte, no tenemos cabida en asambleas tardías, en reuniones entre semana a horas de imperativo descanso infantil, las que cargamos con tres mochilas para acudir a manifestaciones. Nosotras estamos solas.

Pocos son los sindicatos que escuchan las demandas de un colectivo que realmente no queremos estar en ningún otro sitio. Que las organizaciones sindicales sigan siendo espacios eminentemente masculinos no hace que nadie se siente y reflexione sobre lo que estamos haciendo mal para que nosotras, las que sabemos conciliar porque no tenemos más remedio, ocupemos nuestro espacio en la lucha. Y si no luchamos nosotras, ¿quién lo hace por nosotras? Estamos solas. Apelar a la sororidad en estos casos no es más que evidenciar lo aislado de nuestra existencia.

Es 8 de marzo. Se convoca una huelga feminista, una huelga laboral y de cuidados. Me pregunto si las organizaciones convocantes se van a encargar de enviar alguien a mi casa para hacer todo ese trabajo invisible de cada día o si directamente se presupone que voy a alimentar a mi hijo con una sonda nasogástrica, o a dejarle el almuerzo en un comedero para gatos con una nota amarilla en él: “Nos vemos mañana. Tu mami que te quiere”. Me pregunto también si todos los correos que me están llegando con información sobre cómo secundar la huelga los están recibiendo las personas que, al menos por un día, deberían ponerse mis zapatos de tacón alto y dejarme ejercer mi derecho a gritar por las calles que sigo siendo una persona.

Es 8 de marzo, de cualquier forma. Y soy mujer. Y esté donde esté, soy anarcosindicalista. Mis incongruencias entre lo que siento y cómo vivo me unen a otras mujeres que también hablan a media voz sobre la ilusión de lo que nos gustaría hacer cuando seamos mayores. Las mujeres que luchan, compañeros, no tenemos edad. No somos madres, no somos trabajadoras, no somos nadie. Y tenemos un día al año para reclamar dignidad, para recordar que, en cualquier entorno, pero especialmente en el anarquista, somos voces al mismo nivel que vosotros. No somos Emma Goldman, no queremos serlo, ni Susan Brown, ni tantas otras. No nos hacen falta modelos de referencia porque estamos creciendo y nos damos cuenta del vacío a nuestro alrededor. Nosotras, compañeros, estamos ahí. Nosotras, las feministas invisibles.

Cristina Cobo Hervás

La colonización de Nigeria y la guerra de las mujeres Igbo, que patearon un montón de culos blancos y negros

La colonización de Nigeria y la guerra de las mujeres Igbo, que patearon un montón de culos blancos y negros

La mañana del 18 de noviembre de 1929 parece una mañana como otra cualquiera. Mark Emerewua está haciendo su trabajo, que en los últimos meses consiste en revisar los datos que posee el gobierno británico sobre la población del este de Nigeria. Esos datos fueron tomados dos años antes, cuando la metrópoli decidió que podía incrementar todavía más el nivel de explotación al que estaba sometiendo a su colonia. Los colonos habían mandado decenas de funcionarios por todo el país para contabilizar a la población y anotar meticulosamente las cabezas de ganado que poseía. Después habían fijado una tasa por cada una de ellas. Contar a la población para hacer más eficientes los dispositivos de dominación. Conocerla mejor para explotarla mejor.

Ahora, en 1929, el gobierno británico se dispone a revisar esos datos. Según les ha dicho a las autoridades locales se trata solo de un intento de mejorar la información, que en muchos casos había quedado incompleta. Los gobiernos locales hacen la función que tienen asignada: cerrar la boca y complacer al amo. Al fin y al cabo, los británicos son los que les han colocado en el poder y les permiten hacer lo que quieran con la población siempre que no interfieran con los intereses de la metrópoli. La gente, en cambio, tiene muchos más motivos para desconfiar. El censo de hace dos años permitió la creación de un impuesto que ahoga sus miserables ganancias, y nada hace pensar que no vaya a suceder de nuevo. Cuando Mark Emerewua llama a las puertas de las casas y pregunta por el número de personas que viven en ella y el ganado que poseen, todos murmuran maldiciones entre dientes.

Una de las casas que visita Emerewua esa mañana es la de Nwanyeruwa, una mujer de mediana edad que acaba de quedarse viuda. Él interpreta a la perfección su papel de burócrata mezquino, pero ella no está dispuesta a que las maldiciones se queden solo entre sus dientes. Ha tenido demasiada mala suerte últimamente. En la ciudad se rumorea que el nuevo censo quiere extender los impuestos a las mujeres, que hasta entonces estaban exentas de pagar por el ganado que poseían. Cuando el funcionario le pregunta por el número de ovejas y cabras que tiene, Nwanyeruwa ve confirmados lo rumores que lleva semanas escuchando. Después de echarle de su casa a base de insultos y escupitajos, se dirige rápidamente a la plaza principal, donde siempre es fácil encontrar a mucha gente. Allí alerta sobre lo sucedido y convoca una asamblea de mujeres para esa misma tarde. La convocatoria se extiende con rapidez, las mujeres temen que los ingleses las ahoguen todavía más en la miseria y la desgracia que los blancos llevan consigo allá donde van. La mañana del 18 de noviembre de 1929 parecía una mañana como otra cualquiera, pero no lo era.

La principal decisión de la asamblea será la convocatoria de una protesta que tendrá lugar unos días más tarde, el 2 de diciembre. El objetivo inmediato es impedir la imposición de la tasa, pero hay muchas otras razones. Desde la llegada de los colonos, las mujeres de la etnia Igbo, a la que pertenece Nwanyeruwa, han perdido mucho poder. En la sociedad Igbo tradicional las mujeres disfrutaban de posiciones de autoridad en la organización política, social y religiosa de la aldea y el linaje se transmitía por vía materna. Sin embargo, la llegada del hombre blanco ha supuesto también la aparición del patriarcado, del odio y el desprecio a las mujeres. Los blancos han dado todo el poder a los hombres, que han ocupado los puestos que la administración colonial reserva para los nativos. Si antes los cargos eran electos y se repartían equitativamente, ahora la autoridad se concentra en unas pocas manos, las de aquellos que saben complacer a los colonos. Los amos siempre han sabido recompensar a los esclavos satisfechos.

La imposición del patriarcado ha acabado también con muchos de los mecanismos culturales que poseían las mujeres para apoyarse y defenderse entre ellas. Uno de estos mecanismos era el enfado, que se gestionaba colectivamente. Aunque podían tener sus propios problemas individuales, las mujeres eran consideradas una unidad cuando se producía un conflicto con un hombre. El enfado de una mujer era el de todas las mujeres de la aldea, así que los hombres lo temían y trataban de evitarlo. Esto no implicaba que los conflictos se resolviesen siempre a favor de las mujeres, pero esta red de solidaridad las colocaba en una posición más fuerte para dirimir los conflictos que tenían que ver con engaños, malos tratos o abusos de cualquier tipo. Además, la solidaridad actuaba también de forma preventiva, ya que los hombres evitaban realizar comportamientos que podían implicar un conflicto con todas las mujeres de la aldea.

Otro mecanismo cultural con el que contaban las mujeres igbo para apoyarse entre ellas era lo que se conocía como “sentarse encima de un hombre”. Esta práctica consistía básicamente en el señalamiento y la ridiculización de los hombres que habían tenido una actitud de desprecio hacia las mujeres, ya fuese por maltratar a su esposa, violar las normas del mercado que dependían de las mujeres o dejar que su ganado se alimentase en los terrenos donde pastaban los animales de una mujer. El señalamiento podía producirse de muchas formas diferentes, aunque las más frecuentes eran que las mujeres rodeasen la casa del hombre cantando canciones obscenas que ridiculizaban su virilidad o que, en casos más graves, destruyesen sus propiedades, llegando a incendiar su vivienda. En la sociedad igbo se consideraba que las mujeres tenían más capacidades de empatía y cuidado de lo colectivo, así que el resto de los hombres no solía defender al que había sido señalado. Esto no implica que los hombres tuviesen un rol permanente de sometimiento o pasividad, pero sí que las mujeres, entendidas como una unidad, eran las encargadas de la resolución de los conflictos, en tanto que se consideraba que tenían más capacidad para ello.

Sin embargo, la imposición de las instituciones coloniales había supuesto la ruptura de las sociedades indígenas, con la consecuente pérdida de las instituciones sociales y culturales propias. Como todos los demás pueblos colonizados, los igbo no solo ya no tenían capacidad de gobernarse a sí mismos, sino que ni siquiera podían ser quienes eran. El uno de enero de 1914 había entrado en vigor lo que a partir de entonces se conocería como el sistema de gobierno indirecto. Hasta ese momento los ingleses habían ocupado militarmente el territorio de Nigeria y facilitado y alentado la explotación privada de sus recursos, incluido el secuestro, tortura y venta de seres humanos como esclavos. Sin embargo, a partir de 1914 la metrópoli se dotará también de una estructura política capaz de garantizar de forma más efectiva el control sobre el territorio. Para ello creará la figura de los Jefes de Garantía, individuos nativos seleccionados por los colonos que se encargarán de hacer cumplir las disposiciones de la metrópoli. Sin otra función que la de complacer a los colonos a cambio de la mitad del dinero recaudado con impuestos, los Jefes de Garantía se convertirán en auténticos tiranos capaces de las mayores barbaridades. Esta dominación en el plano político se complementará con la labor de los misioneros cristianos, que contribuirán a la desestructuración de las sociedades indígenas mediante la imposición de la lengua, la educación, la religión y las prácticas culturales de la metrópoli. Por si eso fuera poco, los británicos creaban ahora un sistema de impuestos que gravaba las posesiones de toda la población, fuese cual fuese su poder adquisitivo. La dominación económica se unía así a la cultural y la política para crear una trampa de la que era imposible escapar. La avaricia de los blancos no tenía fin.

La mañana del 2 de diciembre más de diez mil mujeres se manifiestan frente a la oficina del Jefe de Garantía de la ciudad. La convocatoria ha corrido rápido por toda la provincia, así que también acuden mujeres de pueblos cercanos. Sin embargo, el Jefe de Garantía se niega a hablar con ellas. Las órdenes que ha recibido son claras, y no está dispuesto a perder la mitad de los ingresos que le han prometido por la nueva tasa. Pasan las horas pero las mujeres no están dispuestas a marcharse. Tampoco a quedarse quietas. Cuando cae la tarde, las igbo comienzan a cantar y bailar de forma ridícula, riéndose de los hombres que ocupan los puestos creados por los colonos. Rodean sus casas e impiden que salgan de ellas. De todas formas tampoco se atreven, la vergüenza del señalamiento se une al temor de que las mujeres consideren que la ofensa requiere acciones más contundentes. Al fin y al cabo, ellos también son igbo y saben lo que significa la práctica de “sentarse encima de un hombre”. Los blancos, en cambio, son demasiado soberbios para darle importancia a lo que está pasando. Aunque ellos también son señalados, piensan que todos esos bailes ridículos son solo la muestra de la inferioridad de los negros, especialmente de las mujeres. Como siempre, no entienden nada.

Durante los días siguientes, la protesta gana en intensidad y se extiende a más regiones del sur de Nigeria. La tensión aumenta por momentos. Las autoridades coloniales hacen caso a las súplicas de los Jefes de Garantía y envían tropas a las áreas afectadas. El objetivo es acabar con la protesta por la fuerza pero el envío de militares solo empeora la situación. Es una provocación, una declaración de guerra. Las mujeres comienzan a cortar carreteras para paralizar el tráfico comercial de los colonos. En uno de esos bloqueos, un militar británico atropella a varias mujeres, matando a dos de ellas. El resto de manifestantes se lanza hacia el coche y destroza el vehículo, intentando linchar a su ocupante. Éste consigue salir y huye del lugar malherido. Las mujeres no se equivocaban: los colonos les habían declarado la guerra.

Los hechos que sucederán durante las cuatro semanas siguientes serán conocidos entre los igbo como Ogu Ndem, “la Guerra de las Mujeres”. Grupos organizados de entre cuatrocientas y cuatro mil mujeres atacarán de forma sistemática puntos clave para la dominación política y económica de los colonos. Centenares de oficinas de correos, sedes de bancos y tiendas son atacadas e incendiadas. Lo mismo sucederá con los edificios oficiales: las mujeres no solo culpan a los colonos, sino también a los Jefes de Garantía, que actúan como perros obedientes con sus amos y se benefician de la explotación que estos generan.

La respuesta de los colonos no tardará demasiado. En una de las mayores protestas de la guerra, en la que participan más de veinticinco mil mujeres, la policía dispara contra las manifestantes y asesina a cincuenta de ellas. Después incendian aldeas enteras como forma de castigo colectivo. Sin embargo, la tensión es demasiado alta y los británicos temen que el levantamiento se extienda a más áreas del país, afectando a sus intereses económicos. Incapaces de reprimir el conflicto por la fuerza, dan marcha atrás a la imposición de la nueva tasa y destituyen a los Jefes de Garantía que ejercían su poder de forma más déspota. Además, permiten el acceso de las mujeres a las Cortes Nativas, las instituciones que hacía las veces de órgano representativo de los intereses de los indígenas en cada región, aunque en la práctica estaban controladas por los colonos.

La Guerra de las Mujeres ha pasado a la Historia como la mayor insurrección a la que tuvo que enfrentarse el gobierno colonial británico durante la ocupación de Nigeria. El levantamiento quedó en la memoria colectiva e inspiró muchas protestas, entre ellas la de 1938 contra los impuestos, la de 1940 contra los molinos de aceite o la de 1956 de nuevo contra el sistema impositivo. El fin de la colonización no se consiguió hasta 1960, pero las mujeres tenían razón: los colonos les habían declarado una guerra. Y la habían perdido.

De batallones y mujeres en guerras y revoluciones de Layla Martínez para nosotras.cnt.es
Edición: Antipersona
Caminando hacia la Huelga General 8M

Caminando hacia la Huelga General 8M

Los sindicatos que firmamos este manifiesto hacemos un llamamiento a todas las mujeres, bollos y trans del sur de Madrid a que secunden y apoyen la huelga feminista del 8M convocada por la Comisión 8M del Movimiento Feminista Estatal.

Porque nosotras somos las pobres, las precarias, las migrantes, las trabajadoras del sexo, las paradas, las desahuciadas. A las que la crisis golpea con más fuerza porque a nuestras casas llegó antes que a los barrios más pudientes. Somos las invisibles y las marginadas, a las que no les dan voz porque nuestra opinión parece que no importa. Pero también somos las más guerreras, nuestra forma de vida es una lucha constante: para llegar a fin de mes con nuestros trabajos precarios a veces sin ni siquiera contrato, con nuestros hijos porque la conciliación familiar es algo con los que los políticos se llenan la boca pero que nosotras no hemos llegado a ver, en casa, con ese reparto de tareas en el que nosotras trabajamos fuera y también dentro de casa. Luchamos por quien amamos, para intentar normalizar una situación en nuestros barrios que para nosotras es totalmente normal, porque solo estamos amando a una persona, sin importar su género.

Llamamos a la huelga a nuestras vecinas, nuestras hermanas, madres y amigas porque el eslogan de la huelga, ‘SIN NOSOTRAS SE PARA EL MUNDO’, en el sur de Madrid está más presente que nunca, nosotras somos las que limpiamos sus casas, cuidamos de sus hijos e hijas y de sus mayores, las que trabajamos en sus empresas y las que les servimos el café de la mañana, sin nosotras las y los de arriba no son nadie.

Dicen que el feminismo está de moda, pero no el nuestro, el nuestro sigue siendo incómodo y combativo, no utilizamos buenas palabras para expresar nuestra rabia y frustración cuando sufrimos las injusticias diarias por nuestro género, tendencia sexual o clase social. Somos las que estamos en las puertas de las empresas megáfono y bandera en mano reclamando nuestros derechos y exigiendo mejoras laborales, las que paramos los desahucios haciendo piña contra la policía, las que están en las manifestaciones por una sanidad pública y de calidad a la que no la llegan los fondos públicos porque los políticos los reparten entre sus amigotes, las que pelean por una buena educación para sus hijos e hijas, las que estamos en las protestas estudiantiles.

Os llamamos a todas a la huelga porque nos están matando. Nos mata quien dice amarnos, nos mata quien recorta la inversión en violencia de género, nos mata quien recorta en educación. Nos mata quien en vez de dar una noticia y llegar a la raíz del problema, se detiene en detalles morbosos y escabrosos. Nos matan, nos cuestionan quienes se supone que están para hacer justicia, jueces y policías.

Llamamos a la huelga también a nuestros vecinos, hermanos, padres y compañeros, a aquellos que comparten nuestra lucha diaria, para que ese día están a nuestro lado, apoyando. Porque la discriminación por cuestión de género es algo que nos atañe a todas y todos.

Las y los anarcosindicalistas luchamos por una sociedad en la que cualquier forma de autoridad sea abolida. Queremos que todas las personas, independientemente de nuestro sexo, podamos vivir, desarrollarnos y relacionarnos en pie de igualdad y de libertad. Por eso exigimos:

  • Equiparación salarial: La brecha salarial alcanza niveles vergonzosos y se concreta en la menor retribución de las mujeres por trabajos equivalentes, infravaloración de categorías tradicionalmente femeninas o diferencias salariales entre sectores feminizados y masculinizados.
  • Acceso igualitario al empleo, la promoción y la formación.
  • Fin de la precarización del empleo de las mujeres: los contratos temporales, parciales con jornadas extenuantes fuera de contrato o los trabajos por horas sin cotización o sin contrato son una epidemia en las condiciones de trabajo de las mujeres.
  • Reconocimiento del trabajo de cuidados realizado en su gran mayoría por mujeres sin remuneración.
  • Medidas efectivas contra el acoso sexual hacia las mujeres en el ámbito laboral.
  • La implantación obligatoria de planes igualdad en todas las empresas.

Necesitamos que todo cambie para poder hablar de igualdad y por eso el 8M saldremos juntas a la calles.
Súmate a la huelga general de mujeres del 8M “PORQUE SIN NOSOTRAS SE PARA EL MUNDO”.

CNT COMARCAL SUR
CNT ARANJUEZ
CGT ZONA SUR

Juntas paramos, juntas avanzamos. Huelga feminista

Juntas paramos, juntas avanzamos. Huelga feminista


La Confederación Nacional del Trabajo apoya al llamamiento de huelga de los movimientos feministas convocando huelga general para el 8M.
Porque creemos que la violencia económica debe seguir encontrándonos de frente. Porque reconocemos el inmenso valor del cuidado, tan interesadamente obviado por el capitalismo salvaje.
Porque creemos que la violencia sexual, al fin en cuestión, al fin fuera del armario, nos afecta en todas las dimensiones de la vida y atenta contra la libertad tanto íntima como pública. Porque creemos en la necesidad de defender la diversidad afectivo-sexual, en una sociedad en la que la libertad sexual permita que cada cual haga con su cuerpo, su género o su sexualidad lo que desee.
Porque saludamos la compañía de los feminismos racializados, tan necesarios, de los que tanto tenemos que aprender de nuestro propio privilegio.
Por todo ello, el 8 de marzo saldremos a la calle, y animamos a todas y todos a participar en una movilización que impulse las olas de esta marea morada.

¡A la huelga, hermanas!

¡A la huelga compañeras, compañeros!

8 de marzo: DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA,  DÍA DE HUELGA GENERAL FEMINISTA EN CUATRO CAMPOS

8 de marzo: DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA, DÍA DE HUELGA GENERAL FEMINISTA EN CUATRO CAMPOS

Existen mil razones para acudir TOD@S, mujeres y hombres, a la Huelga General el 8 de Marzo y aquí se pretende reflejar algunas de ellas.

Llamar a la Huelga General el día en que se conmemora la lucha de la Mujer Trabajadora, no es sólo una herramienta para denunciar la situación laboral de la mujer, sino que forma parte de una estrategia de lucha contra el patriarcado y la desigualdad entre géneros. Por eso es importante que tanto mujeres como hombres la secunden y con ello dejen patente su rechazo a la sobreexplotación de la mitad del género humano.

Se pretende que esta huelga conste de 4 campos: laboral, cuidados, consumo y estudiantil. Queremos que las mujeres tengamos un papel protagonista y seamos las que estemos en la calle, mientras que nuestros compañeros hombres se mantengas en un segundo plano y si es posible sean los que se queden haciendo los cuidados que habitualmente hacemos nosotras.

Exponemos a continuación algunas de todas las razones que hay para secundar esta huelga general feminista desglosado en los 4 ejes de ésta:

  1. LABORAL

Por lo general las mujeres trabajadoras tenemos que soportar un grado de explotación más elevado que los hombres, desde el momento en que por iguales o similares trabajos la retribución salarial es considerablemente más baja. Tenemos que trabajar más para que se nos reconozca mucho menos. Sufrimos con mayor crudeza la temporalidad y precariedad laboral. También se nos penaliza la maternidad, pues permanecer fuera del trabajo por dedicarse al cuidado de los bebés durante unos años supone que la reincorporación laboral se convierte en un calvario. Incluso llegando a decirnos que si las mujeres que no tienen hijos van a asumir el trabajo de sus compañeras en reducción de jornada por cuidado de hijos.

Es significativo que durante el año 2016, 3 de cada 4 afiliadas a la seguridad social lo hiciera en solo 15 actividades económicas, entre las que destaca una abrumadora mayoría en el sector servicios. Prácticamente un tercio de la contratación femenina en 2016 se concentró en la hostelería y el comercio al por menor.

Se da también la circunstancia de que cada vez que la mujer se incorpora significativamente a un sector laboral masculinizado, los salarios bajan y las condiciones empeoran a una velocidad de vértigo. Un ejemplo claro y reciente es el sector de la prensa.

La realidad laboral que sufrimos las mujeres nos aboca a la pobreza, de ahí que se hable de la “feminización de la pobreza”, con raíces profundas en el sistema de explotación patriarcal, y no solo mientras se está en edad laboral, sino también en la vejez, ya que dos de cada tres pensionistas que no superan el SMI son mujeres. En el 2016, mientras los varones pensionistas percibieron una media de 1.140,37 euros, ellas tuvieron que conformarse con 718,23; es decir, un 37% menos.

En 2016 los contratos indefinidos a mujeres se incrementaron solo en un 0,75%, frente a una aumento del 6,88% de los contratos temporales, estando el número de trabajadoras con contrato temporal dos puntos por encima de los registrados por los hombres. Todos los sectores experimentaron aumentos de la contratación temporal de mujeres por encima de la indefinida. Por tipo de jornada, la mayoría de las personas contratadas a jornada parcial, el 72,61 % eran mujeres mientras que la mayoría de los trabajadores a jornada completa, el 59,30 % eran hombres.

La brecha de género se traduce en unas tasas de actividad y de empleo inferiores a los hombres así como en una tasa de paro 3,03 puntos superior a la masculina.

No se puede obviar el problema del subempleo, que afecta en España a 1,9 millones de trabajadores, de los cuales el 59,09 % son mujeres y el 40,95 % son hombres. El subempleo femenino se concentró, como no, en el sector servicios.

Si se desea más información es interesante acudir a la publicación del Observatorio de las Ocupaciones. 2017 Informe del mercado de trabajo de las mujeres estatal datos 2016de la cual se reproducen algunas gráficas y tablas.

  1. CUIDADOS

Parece que los cuidados pasan invisibles a los ojos de las personas pero diariamente se están realizando cuidados por parte de las mujeres como un trabajo más nada gratificante. Las personas dependientes siempre están a cargo de las mujeres porque los hombres no saben, a lxs niñxs los van a buscar al colegio o a las actividades las madres o las abuelas porque los padres están cansados, la comida la hace ella que cocina mejor y yo mancho mucho, planchar no sé, ir a la compra mi mujer que mira las ofertas, también guarda la compra ella porque lo coloca ordenado y yo lo dejo tirado, el/la niño/a se ha puesto enfermo ya deja la mujer de trabajar para cuidarle, hay que dar de comer al abuelo ya lo da mejor la mujer que tiene más paciencia aunque sea mi padre….

Así podríamos poner mil ejemplos más del trabajo diario de cuidados que hacemos las mujeres y pasa desapercibido. Por eso esta huelga también se tiene que notar en los cuidados porque estamos hartas ya de este papel de cuidadoras que se nos ha impuesto y tiene que ser repartido por igual en cualquier ámbito.

  1. CONSUMO

Gracias a la publicidad sexista a la que nos vemos sometidas las mujeres se nos ve como personas frágiles pero que tienen que ser perfectas, seguir unos cánones de belleza imposibles y ser como a los hombres les gusta para poder triunfar. Por supuesto para conseguir eso hay que consumir todo tipo de productos para ser siempre jóvenes, delgadas, pelo perfecto, no tener celulitis, tacones para estilizar, vestir a la moda y un largo etcétera.

¿Por qué los productos de higiene íntima son tan caros? ¿Acaso la mitad de la población no las necesita una vez al mes? ¿No deberían ser productos de primera necesidad?

Esto ha llegado a tal punto hasta convertir a las mujeres en objetos al servicio de los deseos de los hombres. Si no vestimos, actuamos y vivimos como nos dicen somos susceptibles de ser violadas, maltratadas, matadas o atacadas. Y todo porque nos ven como objetos que se pueden usar cuando se quiera, personas de segunda o tercera con distintos derechos.

Vamos a romper esa cultura machista de que la mujer tiene que ser perfecta y vamos a salir a la calle como nos dé la gana sin sentirnos en la obligación de consumir ningún producto de belleza o con un estereotipo.

  1. ESTUDIANTIL

Analizando la problemática feminista específica al ámbito estudiantil, algunas demandas que se mencionan son: visibilizar a las mujeres en los estudios androcéntricos, revalorizar los estudios feminizados, elaborar planes de estudio con más presencia de mujeres y personas racializadas, utilizar lenguaje inclusivo en la educación, permitir a las estudiantes organizarse libremente y garantizar espacios para ello, mejorar la conciliación laboral y familiar con los estudios, promover la paridad en los cargos universitarios, acabar con la violencia sexual profesores-alumnas y alumnos-alumnas, y establecer mecanismos efectivos para abordar esta violencia. Una de las principales preocupaciones de las estudiantes es asegurarse de que las huelguistas no sean perjudicadas posteriormente. Esto se conseguirá convocando huelga también los sindicatos estudiantiles.

En definitiva, la lucha contra el patriarcado, contra la explotación, contra la pobreza, contra cualquier forma de dominación… no es “cosas de mujeres”, nos incumbe a la totalidad del género humano. A las mujeres por sufrirlo en primera persona y a los hombres porque, desde su papel de privilegio, comparten nuestro ideario y son capaces de pelear por él.

Por ello el 8 de marzo se llama a la huelga general feminista a la totalidad de la clase trabajadora.

La lucha será feminista o no será.

Grupo Anarcosindical de Mujeres – CNT Valladolid

EL PAPEL DEL HOMBRE

EL PAPEL DEL HOMBRE

Uno de los primeros y más destacados debates del movimiento de liberación de las mujeres fue qué lugar ocuparían los hombres en las organizaciones.

Aunque el movimiento de hombres por la igualdad surgió en los años 70 en los países nórdicos, en España no es hasta los años 80 que se empieza a visibilizar este movimiento, cuya entrada en escena ha provocado diferentes reacciones en el seno de las organizaciones feministas.

Existen diversas corrientes feministas, cada una de ellas pone el énfasis en cuestiones diferentes: Feminismo radical “la raíz de todas las desigualdades en todas las sociedades hasta ahora existentes ha sido el patriarcado” , feminismo de la igualdad ”este feminismo reivindica el derecho a ser reconocidas en pie de igualdad con los hombres” , ecofeminismo “el patriarcado establece por igual una situación de dominación y explotación hacia las mujeres y hacia la naturaleza” , feminismo de la diferencia “corriente que aboga por la no equiparación de la dualidad de un género al otro”, feminismo socialista “el patriarcado y el capitalismo es visto como la causa de la opresión de la mujeres” y feminismo anarquista “la manifestación del autoritarismo por eso piensan que la lucha contra el patriarcado es una parte esencial de la eliminación del estado”.

Toda esta variedad de corrientes feministas genera un debate sobre el papel del hombre en las organizaciones que podría llegar a ser interminable.

En algunos casos los propios hombres son acusados por la sociedad patriarcal de promover la cultura del hombre blando, del hombre emocional, del hombre que ha perdido su esencia, en definitiva, del hombre extinguido. Y por otro lado, son las mujeres las que desconfían del papel que el hombre pueda llevar acabo en los movimientos, que no sea otro que el de llevarse el protagonismo y alterar la naturaleza de los debates, tal y como lo ha hecho a lo largo de la historia.

Hay organizaciones que no se oponen a que los hombres participen (pueden ser colaboradores), pero que tienen que coger sus propios espacios y hacer feminismo en ellos y no ocupar el de las mujeres. Hay otras que consideran que los hombres son enemigos, opresores y por lo tanto no hay que contar con ellos sino todo lo contrario.

Desde el Anarquismo (con el que sintonizo) se anhela y se lucha por una sociedad no jerárquica, sin relaciones de poder (opresor/a – oprimido/a), sin privilegios y sin Estado (expresión máxima del autoritarismo).

El Patriarcado no obstante es anterior al Capitalismo y al Estado (aunque el Estado consiguiera reforzar a ambos hasta institucionalizar la desigualdad) y por ello se puede dar tanto en sociedades precapitalistas o pre-estatales, como en sociedades socialistas, o incluso en organizaciones anarquistas. Esa constatación hizo surgir el movimiento anarcofeminista (con el que sintonizo por preclaro y avanzado) de manos de la agrupación Mujeres Libres a comienzos del siglo XX, como organización autónoma dentro del Movimiento Libertario (con su expresión anarcosindicalista en la Confederación Nacional del Trabajo, CNT, la Federación Anarquista Ibérica, FAI, y La Federación Ibérica de Juventudes Libertarias, FIJL).

Las mujeres de esta organización, la gran mayoría afiliadas a la CNT, padecieron la incomprensión de sus compañeros, que no entendieron la necesidad de una lucha específica y autónoma de las mujeres por la problemática particular que padecen dentro de la cultura patriarcal. Ellos luchaban por la libertad de los oprimidos y por la noble causa de la justicia social pero no tuvieron en cuenta la triple represión y explotación a la que estaban sometidas las obreras por parte del Estado, el Capitalismo y el Patriarcado, donde el hombre posee una serie de privilegios por el solo hecho de haber nacido hombre.

Hoy en día nos cuesta entender como estos compañeros combativos contra cualquier injusticia no veían la necesidad de estar hombro con hombro con las compañeras en pie de igualdad. En el mejor de los casos dejaban asistir a las mujeres a los ateneos, sindicatos y organizaciones, donde tuvieron la oportunidad de formarse, pero a la hora de intervenir en los mismos, lo único que provocaba la presencia de las mujeres en estos actos era la risa de sus compañeros. Ante situaciones como esta, las agrupaciones de Madrid y de Barcelona decidieron crear Mujeres Libres, cuestión en la que no estaban de acuerdo no solo compañeros sino también compañeras, porque consideraban que sus reivindicaciones ya estaban incluidas en las luchas de clases. Sin embargo, ellas consideraban que las mujeres padecían doblemente la represión y la subordinación (del Estado y del marido).

Para Mujeres Libres la liberación de la mujer obrera era el objetivo prioritario, porque aquella era una esclava del trabajo, de la ignorancia y de su condición sexual. A pesar de casi un siglo que nos separa la mujer sigue en la mayor parte del mundo en esas mismas condiciones de vida.

Por lo tanto, estoy agradecida a todas aquellas mujeres que con dignidad y valentía, levantaron su voz para que sus ecos llegaran a nuestros días. Y en mí resuenan esas voces del pasado que me hablan de la necesidad de seguir peleando con otras compañeras, y que solo nosotras debemos decidir cuáles son las reivindicaciones específicas de nuestro género.

Los compañeros nos podrán acompañar y apoyar , pero nunca encabezar nuestra lucha.

Carmen Sánchez