Sobre el anarquismo y las relaciones de poder. La feminista escondida.

Sobre el anarquismo y las relaciones de poder. La feminista escondida.

No es necesario estar especialmente formada para ser anarquista, en mi opinión. El concepto de Justicia Social es una hebra que cose a cada persona con la realidad, hasta hacerte sentir realmente incómoda. Deshacerse de los conceptos interiorizados y enfrentar la experiencia desde la perspectiva de la lucha, ese ha sido mi aprendizaje. La vida orgánica, asambleas, la oportunidad de tener voz y cuerpo y ser agente de cambio fuerza una torsión en tí, de una manera indescriptible. Y poco a poco lo demás, la teoría, se va aprendiendo.

Escribir puede ser un ejercicio de aprendizaje personal, también. Escribir sobre lo que significa ser mujer. Podría llenar páginas de letras y alusiones, vidas entrecomilladas, referentes en la lucha, pero al fin y al cabo no dejan de ser actos ajenos. Es absurdo negar la influencia de otros pensamientos sobre la vida propia, pero quizá sea por mi momento personal, por la percepción cada vez más cercana del paso del tiempo en mí misma, pero por esta vez, prescindo de mirar alrededor para observar lo que pasa en mi como persona, como mujer, como trabajadora y como madre enfadada con las imposiciones de lo que se supone que debo ser.

No tengo ningún pudor ya. No más de lo que se me exige. Sigo sin poder mantener una relación sana sin haberme depilado porque veto mi propia naturaleza. Mientras concierto una cita con la esteticién de turno, me dedico a compartir por las redes sociales imágenes iracundas que representan mi lucha contra las imposiciones estéticas del sistema. Me consuela pensar que muchas como yo hacen lo mismo. Reclamar nuestro espacio entre arrugas y canas mientras peleamos cada signo que nos hace sentir borrosas ante nosotras mismas. Capitalismo e ilusión de eterna juventud. No es fácil tocarse en una piel rota por los años.

Entre tanto, reclamo mi derecho a mi yo sexual. Me niego a no sentirme deseada, me niego a desearme yo. No encajo en las tallas de los maniquís de las tiendas de ropa interior, no encajo en ninguna parte. Ando en el limbo de las que aún pueden mirarse al espejo cerrando un ojo. Pero deseo, y quiero ser deseada. La mujer como reclamo auto erótico, eso soy yo. Follar sin complicaciones y buscar la propia satisfacción es también uno de los ejercicios de aprendizaje de la vida. No sentirse doblegada, saber imponer un no, y asumir la carga de orgasmos fingidos que llevamos a nuestras espaldas las mujeres que, como yo, aprendimos desde pequeñas que la virtud era un don sometido a vuestra masculinidad.

El amor libre, la anarquía relacional, libertad sexual, relaciones abiertas… Metáforas de personas que buscan nuevos modelos encajadas en viejas ropas.

Ya no existen los entornos seguros. Ni siquiera dentro del anarcosindicalismo. Al contrario de lo que se pueda pensar, el respeto y el aprendizaje feminista no se adquiere por ciencia infusa cuando te dan el carnet de afiliada. Y descubres que una vez más, tu voz y tu lucha se disipan en tus genitales. Compañera es sólo una palabra, no es una realidad. Sigo en mi empeño de no citar, pero si quiero crear aquí un espacio de reflexión para todas aquellas personas que hayan reivindicado alguna vez la lucha feminista como inherente dentro de la anarquista y no como un proceso aparte. Tu lucha por las mejoras de las condiciones laborales no te convierte en feminista. Leer o compartir en redes en manoseado extracto de Durruti hablando de sus responsabilidades en el hogar no te convierte en feminista. Planear un almuerzo fraternal en el local de sindicato y aportar una fiambrera con lo que quiera que haya preparado tu pareja en casa, eso dice lo que eres. Acudir a las asambleas mientras tu pareja ejerce el trabajo de cuidados en casa sola, eso dice lo que eres.

Los estatutos no son más que palabras. Ser una organización feminista por definición no es más que eso. Se impone urgentemente un debate para reflexionar sobre lo que realmente implica para una organización anarquista el incluir la palabra feminista en su descripción.

Las feministas no somos madres. Luchamos entre teorías de crianza, algunas con regusto a tiempos más rancios de anclaje de la mujer al bebé. Si deseamos incorporarnos al mundo laboral se nos critica por ser unas esclavas del sistema y un engranaje más dentro del esquema de producción. Quedarse en casa y ejercer de madre absoluta, diseñando con tus propias manos los juguetes montessori y tejiendo las mantitas de estimulación temprana empieza a ser una opción para muchas mujeres. Es cierto sin embargo que esta segunda alternativa necesita un socio capitalista como
sustentante del hogar. Y que, a mi parecer, anula muchas facetas de la mujer – persona, convirtiéndola en mujer-madre. Pero ¿quién soy yo? Una madre educada por un pediatra.

Y luego estamos esa masa de mujeres que compatibilizamos nuestra progresión personal y laboral con una maternidad asfixiante por lo que demanda. Y nosotras, precisamente, somos las que hemos sido expulsadas del edén confederal. Nosotras, las que le enseñamos a nuestras criaturas la igualdad, las que ejercemos de juez y parte, no tenemos cabida en asambleas tardías, en reuniones entre semana a horas de imperativo descanso infantil, las que cargamos con tres mochilas para acudir a manifestaciones. Nosotras estamos solas.

Pocos son los sindicatos que escuchan las demandas de un colectivo que realmente no queremos estar en ningún otro sitio. Que las organizaciones sindicales sigan siendo espacios eminentemente masculinos no hace que nadie se siente y reflexione sobre lo que estamos haciendo mal para que nosotras, las que sabemos conciliar porque no tenemos más remedio, ocupemos nuestro espacio en la lucha. Y si no luchamos nosotras, ¿quién lo hace por nosotras? Estamos solas. Apelar a la sororidad en estos casos no es más que evidenciar lo aislado de nuestra existencia.

Es 8 de marzo. Se convoca una huelga feminista, una huelga laboral y de cuidados. Me pregunto si las organizaciones convocantes se van a encargar de enviar alguien a mi casa para hacer todo ese trabajo invisible de cada día o si directamente se presupone que voy a alimentar a mi hijo con una sonda nasogástrica, o a dejarle el almuerzo en un comedero para gatos con una nota amarilla en él: “Nos vemos mañana. Tu mami que te quiere”. Me pregunto también si todos los correos que me están llegando con información sobre cómo secundar la huelga los están recibiendo las personas que, al menos por un día, deberían ponerse mis zapatos de tacón alto y dejarme ejercer mi derecho a gritar por las calles que sigo siendo una persona.

Es 8 de marzo, de cualquier forma. Y soy mujer. Y esté donde esté, soy anarcosindicalista. Mis incongruencias entre lo que siento y cómo vivo me unen a otras mujeres que también hablan a media voz sobre la ilusión de lo que nos gustaría hacer cuando seamos mayores. Las mujeres que luchan, compañeros, no tenemos edad. No somos madres, no somos trabajadoras, no somos nadie. Y tenemos un día al año para reclamar dignidad, para recordar que, en cualquier entorno, pero especialmente en el anarquista, somos voces al mismo nivel que vosotros. No somos Emma Goldman, no queremos serlo, ni Susan Brown, ni tantas otras. No nos hacen falta modelos de referencia porque estamos creciendo y nos damos cuenta del vacío a nuestro alrededor. Nosotras, compañeros, estamos ahí. Nosotras, las feministas invisibles.

Cristina Cobo Hervás