Entrevistas con mirada de género (I)

¿Cómo has vivido la huelga general feminista?

Mezcla de emociones, mezcla de miedos, mezcla de esperanzas. Algo nuevo que ves que bulle y que tiene potencia, pero que no sabes cómo ni por dónde puede salir, precisamente porque es nuevo. En el proceso, mucho trabajo. En nuestro caso, como supongo que en todos, nos ha permitido reunirnos con los movimientos de mujeres en un sentido amplísimo, con sus matices, contradicciones y  roces lo que, aunque parezca mentira, tranquiliza, pues no me gustan nada los bloques monolíticos.

Y el transcurso de la huelga, soberbio, eso sí, con nubarrones procedentes de los sindicatos mayoritarios que, haciendo un trabajo de “desmotivación”, por decirlo finamente, luego se intentaron colgar todas las medallas…. por delante de las mujeres.

¿En qué trabajas? ¿Qué problemáticas laborales  soportan las trabajadoras con más frecuencia en tu sector?

Trabajo para la administración pública. Se podría pensar que los problemas han de ser menores por ser un trabajo muy “organizado” y “convenizado” en todos los sentidos, pero no es así. Quizás los problemas aparecen de forma más sutil (conciliación, carrera, sueldos…) pero están ahí de forma sistemática, lo cual me lleva a un comentario quizás un poco al margen. Me hace gracia que, cuando se habla de conciliación siempre parece que es para hacerte cargo de otro “trabajo”, familiar, de cuidados… Creo que debemos ir mucho más allá en planteamientos, conciliación no tiene porque ser trabajo, puede ser poder salir a la naturaleza a triscar, por poner un caso.

¿Sientes que el mundo sindical es un espacio masculinizado? Nos puedes exponer los motivos?

El mundo sindical está tan masculinizado como tantos otros mundos que nos rodean. Los horarios, las costumbres y malos hábitos, la falta de un lenguaje común y el entendimiento. La falta de espacios auténticamente compartidos. Es decir, de espacios que construyamos con los compañeros y no espacios de los compañeros a los que debamos adaptarnos.

Una de mis respuestas a si era necesaria una huelga “para las mujeres” fue que es curioso que no nos preguntemos si es necesaria la solidaridad con cualquier colectivo en lucha, desde los metalúrgicos a los panaderos, y necesitemos hacer esa pregunta sobre un “colectivo” que representa al 50% de la población. Si no somos capaces de entender algo tan fácil, “masculinizado” seguirá siendo.

¿Crees que en los ámbitos de empleo, los feminizados, son valorados por los sindicatos?

En el ámbito de los mayoritarios, depende de donde sopla el viento. Ahora hablan de ellos porque no tienen otro remedio, pero creo que no sólo dan de lado a los feminizados, sino a todo lo que no les produzca un “beneficio” sindical. En nuestro caso, si se acercan y se ponen a la lucha se les trata como a cualquier otro.

¿Qué tarareas desempeñas en el sindicato?

Las que tienen que ver con Cultura que, a la corta, media y larga se convierten en muchas otras tareas de otros ámbitos, porque todo está entrelazado.

¿Cómo compatibilizas la vida militante con el trabajo, los cuidados?

Como puedo. Mi trabajo es exigente (y afortunadamente interesante) y mi (s) compromisos personales con la CNT y el mundo libertario son diversos y a veces un pelín colapsantes. Pero se sobrelleva con humor y buenas amigas y amigos.

¿Por qué crees que las mujeres deben estar sindicalizadas?

Porque creo que cualquier trabajadora ha de estarlo. Ha de unirse a sus iguales para proteger sus derechos y, más allá, su dignidad, y más allá, para transformar una sociedad a todas luces injusta.

¿Qué razones le darías a otra trabajadora para que realizase labor sindical con la CNT?

Porque es otra de las rupturas vitales necesarias. Porque es apostar por buscar tu propia voz también en el mundo laboral, sin ser parte de organizaciones paternalistas y dependientes del estado que se empeñan en hablar por ti (y, generalmente, para decir cosas absurdas).

No le diré que será fácil, no lo es en ningún sentido y en ningún lugar, pero con la CNT tiene una herramienta que, de manera personal y colectiva, sirve para ir hacia delante sin dejar jirones de dignidad por el camino.

¡8 DE MARZO HUELGA GLOBAL!

¡8 DE MARZO HUELGA GLOBAL!

Como USI consideramos importante relanzar este año también la movilización del 8 de Marzo en los lugares de trabajo, productivo y reproductivo.

La opresión de género desde siempre es parte del proceso de acumulación capitalista; las mujeres han sufrido la extracción de valor del trabajo no pagado o escasamente retribuido.

A tareas definidas como específicamente femeninas, como el trabajo reproductivo y el cuidado de la prole y del ambiente familiar, se han sumado partes fundamentales del trabajo asalariado también. De hecho, a través de un largo proceso, desde el siglo XIX, con el trabajo doméstico a destajo y, luego, las primeras integraciones del trabajo femenino en las fábricas, hasta hoy en día, el trabajo femenino ha adquirido una gran importancia en el ámbito productivo también.

En la producción surgió desde el principio la disparidad salarial entre trabajadores y trabajadoras, mientras que en la reproducción, que comprende no solo la reproducción propiamente dicha, sino también todos los trabajos de cuidado que permiten la manutención, la reproducción y la supervivencia de la mano de obra, como el trabajo doméstico, los gobiernos crearon una serie de medidas que tenían como objetivo controlar las elecciones de las mujeres sobre sus cuerpos: las normas que antes negaron y luego limitaron el acceso al aborto, a la contracepción y de hecho la libre sexualidad.

De la misma manera desde el final del siglo XIX hasta hoy en muchos países occidentales los movimientos feministas han logrado conquistas objetivas: acceso a la contracepción, reformas del derecho de familia, aborto, divorcio y posibilidad de participar en el sistema liberal-democrático a través del voto.

No obstante las conquistas logradas en el siglo pasado, el cuerpo de las mujeres sigue siendo reglamentado, sometido a la agresión y al control de gobiernos y patriarcado, considerado algo para gobernar según las normas de la moral vigente, que refleja las necesidades de la clase dominante. Es suficiente pensar en las dificultades que existe aún hoy para obtener aborto o contracepción, incluso en muchos países occidentales. El mayor ejemplo de esta idea de la mujer como sujeto inferior para tutelar o como presa es la legitimación de la violación justificada aún hoy en día por la representación de la mujer como provocadora de supuestos “instintos masculinos”, oprimida bajo el estereotipo de santa o de puta. Otra cuestión fundamental es la violencia doméstica en el interior de la familia, desde la obligación al trabajo reproductivo hasta la misma violencia sexual, que todavía en la mayoría de los casos se desarrolla dentro de los núcleos familiares y que es la explicación de la necesidad patriarcal de reafirmar continuamente el dominio masculino.

En el ámbito laboral aún hoy podemos ver fuertes discriminaciones, como la disparidad salarial nunca superada, la maternidad no garantizada, las violencias de tipo sexual calladas por el miedo a perder el trabajo; de esta manera, la violencia de género se cruza naturalmente con la opresión de clase, así como se cruza con la cuestión racial. Lo vemos hoy con la graves discriminaciones que sufren las mujeres emigrantes, que se pueden mayormente chantajear, discriminadas porque mujeres, proletarias y extranjeras. Lo vemos en el acceso no garantizado a los servicios de salud, la mayor dificultad para encontrar estructuras de apoyo en los casos de relaciones violentas en sus familias, la amenaza continua de la expulsión hacia países donde la condición femenina es aún peor.

Hoy, sin embargo, el cuerpo de las mujeres también es objeto de propaganda electoral en cuestión de seguridad, la defensa de las mujeres es la motivación para controlar y militarizar cada vez más nuestras ciudades, además de legitimar violencias y restricciones de movimiento. El cuerpo femenino es visto como “bien nacional” para poner bajo protección, la subjetividad individual es negada.

La discriminación de género sigue siendo una de las muchas contradicciones de la sociedad que categoriza a las mujeres como víctimas para ayudar, como objetos de la propiedad exclusivamente masculina, como personas incapaces de elegir y defenderse ella mismas. Con dificultad las mujeres se consideran sujetos pensantes, en condiciones de elegir, autodeterminarse y, sobre todo, de defenderse.

La lucha feminista procede al mismo paso con la lucha de clase y con la lucha antirracista, combate para quebrar las actuales relaciones de poder, porque sólo con la interseccionalidad, con la capacidad de construir relaciones entre luchas solo aparentemente separadas, se podrá derribar la cultura patriarcal de que están imbuidos el capitalismo y el estatalismo.

La USI invita a tod@s y l@s trabajador@s, a tod@s l@s estudiantes a echarse a las calles de todo el mundo, a hacer huelga en el trabajo productivo y reproductivo también, para quebrantar el actual sistema de dominio, para construir una sociedad de individuos libres, solidarios, iguales.

¡SI TOCAN A UNA NOS TOCAN A TOD@S!

USI

Sobre el anarquismo y las relaciones de poder. La feminista escondida.

Sobre el anarquismo y las relaciones de poder. La feminista escondida.

No es necesario estar especialmente formada para ser anarquista, en mi opinión. El concepto de Justicia Social es una hebra que cose a cada persona con la realidad, hasta hacerte sentir realmente incómoda. Deshacerse de los conceptos interiorizados y enfrentar la experiencia desde la perspectiva de la lucha, ese ha sido mi aprendizaje. La vida orgánica, asambleas, la oportunidad de tener voz y cuerpo y ser agente de cambio fuerza una torsión en tí, de una manera indescriptible. Y poco a poco lo demás, la teoría, se va aprendiendo.

Escribir puede ser un ejercicio de aprendizaje personal, también. Escribir sobre lo que significa ser mujer. Podría llenar páginas de letras y alusiones, vidas entrecomilladas, referentes en la lucha, pero al fin y al cabo no dejan de ser actos ajenos. Es absurdo negar la influencia de otros pensamientos sobre la vida propia, pero quizá sea por mi momento personal, por la percepción cada vez más cercana del paso del tiempo en mí misma, pero por esta vez, prescindo de mirar alrededor para observar lo que pasa en mi como persona, como mujer, como trabajadora y como madre enfadada con las imposiciones de lo que se supone que debo ser.

No tengo ningún pudor ya. No más de lo que se me exige. Sigo sin poder mantener una relación sana sin haberme depilado porque veto mi propia naturaleza. Mientras concierto una cita con la esteticién de turno, me dedico a compartir por las redes sociales imágenes iracundas que representan mi lucha contra las imposiciones estéticas del sistema. Me consuela pensar que muchas como yo hacen lo mismo. Reclamar nuestro espacio entre arrugas y canas mientras peleamos cada signo que nos hace sentir borrosas ante nosotras mismas. Capitalismo e ilusión de eterna juventud. No es fácil tocarse en una piel rota por los años.

Entre tanto, reclamo mi derecho a mi yo sexual. Me niego a no sentirme deseada, me niego a desearme yo. No encajo en las tallas de los maniquís de las tiendas de ropa interior, no encajo en ninguna parte. Ando en el limbo de las que aún pueden mirarse al espejo cerrando un ojo. Pero deseo, y quiero ser deseada. La mujer como reclamo auto erótico, eso soy yo. Follar sin complicaciones y buscar la propia satisfacción es también uno de los ejercicios de aprendizaje de la vida. No sentirse doblegada, saber imponer un no, y asumir la carga de orgasmos fingidos que llevamos a nuestras espaldas las mujeres que, como yo, aprendimos desde pequeñas que la virtud era un don sometido a vuestra masculinidad.

El amor libre, la anarquía relacional, libertad sexual, relaciones abiertas… Metáforas de personas que buscan nuevos modelos encajadas en viejas ropas.

Ya no existen los entornos seguros. Ni siquiera dentro del anarcosindicalismo. Al contrario de lo que se pueda pensar, el respeto y el aprendizaje feminista no se adquiere por ciencia infusa cuando te dan el carnet de afiliada. Y descubres que una vez más, tu voz y tu lucha se disipan en tus genitales. Compañera es sólo una palabra, no es una realidad. Sigo en mi empeño de no citar, pero si quiero crear aquí un espacio de reflexión para todas aquellas personas que hayan reivindicado alguna vez la lucha feminista como inherente dentro de la anarquista y no como un proceso aparte. Tu lucha por las mejoras de las condiciones laborales no te convierte en feminista. Leer o compartir en redes en manoseado extracto de Durruti hablando de sus responsabilidades en el hogar no te convierte en feminista. Planear un almuerzo fraternal en el local de sindicato y aportar una fiambrera con lo que quiera que haya preparado tu pareja en casa, eso dice lo que eres. Acudir a las asambleas mientras tu pareja ejerce el trabajo de cuidados en casa sola, eso dice lo que eres.

Los estatutos no son más que palabras. Ser una organización feminista por definición no es más que eso. Se impone urgentemente un debate para reflexionar sobre lo que realmente implica para una organización anarquista el incluir la palabra feminista en su descripción.

Las feministas no somos madres. Luchamos entre teorías de crianza, algunas con regusto a tiempos más rancios de anclaje de la mujer al bebé. Si deseamos incorporarnos al mundo laboral se nos critica por ser unas esclavas del sistema y un engranaje más dentro del esquema de producción. Quedarse en casa y ejercer de madre absoluta, diseñando con tus propias manos los juguetes montessori y tejiendo las mantitas de estimulación temprana empieza a ser una opción para muchas mujeres. Es cierto sin embargo que esta segunda alternativa necesita un socio capitalista como
sustentante del hogar. Y que, a mi parecer, anula muchas facetas de la mujer – persona, convirtiéndola en mujer-madre. Pero ¿quién soy yo? Una madre educada por un pediatra.

Y luego estamos esa masa de mujeres que compatibilizamos nuestra progresión personal y laboral con una maternidad asfixiante por lo que demanda. Y nosotras, precisamente, somos las que hemos sido expulsadas del edén confederal. Nosotras, las que le enseñamos a nuestras criaturas la igualdad, las que ejercemos de juez y parte, no tenemos cabida en asambleas tardías, en reuniones entre semana a horas de imperativo descanso infantil, las que cargamos con tres mochilas para acudir a manifestaciones. Nosotras estamos solas.

Pocos son los sindicatos que escuchan las demandas de un colectivo que realmente no queremos estar en ningún otro sitio. Que las organizaciones sindicales sigan siendo espacios eminentemente masculinos no hace que nadie se siente y reflexione sobre lo que estamos haciendo mal para que nosotras, las que sabemos conciliar porque no tenemos más remedio, ocupemos nuestro espacio en la lucha. Y si no luchamos nosotras, ¿quién lo hace por nosotras? Estamos solas. Apelar a la sororidad en estos casos no es más que evidenciar lo aislado de nuestra existencia.

Es 8 de marzo. Se convoca una huelga feminista, una huelga laboral y de cuidados. Me pregunto si las organizaciones convocantes se van a encargar de enviar alguien a mi casa para hacer todo ese trabajo invisible de cada día o si directamente se presupone que voy a alimentar a mi hijo con una sonda nasogástrica, o a dejarle el almuerzo en un comedero para gatos con una nota amarilla en él: “Nos vemos mañana. Tu mami que te quiere”. Me pregunto también si todos los correos que me están llegando con información sobre cómo secundar la huelga los están recibiendo las personas que, al menos por un día, deberían ponerse mis zapatos de tacón alto y dejarme ejercer mi derecho a gritar por las calles que sigo siendo una persona.

Es 8 de marzo, de cualquier forma. Y soy mujer. Y esté donde esté, soy anarcosindicalista. Mis incongruencias entre lo que siento y cómo vivo me unen a otras mujeres que también hablan a media voz sobre la ilusión de lo que nos gustaría hacer cuando seamos mayores. Las mujeres que luchan, compañeros, no tenemos edad. No somos madres, no somos trabajadoras, no somos nadie. Y tenemos un día al año para reclamar dignidad, para recordar que, en cualquier entorno, pero especialmente en el anarquista, somos voces al mismo nivel que vosotros. No somos Emma Goldman, no queremos serlo, ni Susan Brown, ni tantas otras. No nos hacen falta modelos de referencia porque estamos creciendo y nos damos cuenta del vacío a nuestro alrededor. Nosotras, compañeros, estamos ahí. Nosotras, las feministas invisibles.

Cristina Cobo Hervás

La colonización de Nigeria y la guerra de las mujeres Igbo, que patearon un montón de culos blancos y negros

La colonización de Nigeria y la guerra de las mujeres Igbo, que patearon un montón de culos blancos y negros

La mañana del 18 de noviembre de 1929 parece una mañana como otra cualquiera. Mark Emerewua está haciendo su trabajo, que en los últimos meses consiste en revisar los datos que posee el gobierno británico sobre la población del este de Nigeria. Esos datos fueron tomados dos años antes, cuando la metrópoli decidió que podía incrementar todavía más el nivel de explotación al que estaba sometiendo a su colonia. Los colonos habían mandado decenas de funcionarios por todo el país para contabilizar a la población y anotar meticulosamente las cabezas de ganado que poseía. Después habían fijado una tasa por cada una de ellas. Contar a la población para hacer más eficientes los dispositivos de dominación. Conocerla mejor para explotarla mejor.

Ahora, en 1929, el gobierno británico se dispone a revisar esos datos. Según les ha dicho a las autoridades locales se trata solo de un intento de mejorar la información, que en muchos casos había quedado incompleta. Los gobiernos locales hacen la función que tienen asignada: cerrar la boca y complacer al amo. Al fin y al cabo, los británicos son los que les han colocado en el poder y les permiten hacer lo que quieran con la población siempre que no interfieran con los intereses de la metrópoli. La gente, en cambio, tiene muchos más motivos para desconfiar. El censo de hace dos años permitió la creación de un impuesto que ahoga sus miserables ganancias, y nada hace pensar que no vaya a suceder de nuevo. Cuando Mark Emerewua llama a las puertas de las casas y pregunta por el número de personas que viven en ella y el ganado que poseen, todos murmuran maldiciones entre dientes.

Una de las casas que visita Emerewua esa mañana es la de Nwanyeruwa, una mujer de mediana edad que acaba de quedarse viuda. Él interpreta a la perfección su papel de burócrata mezquino, pero ella no está dispuesta a que las maldiciones se queden solo entre sus dientes. Ha tenido demasiada mala suerte últimamente. En la ciudad se rumorea que el nuevo censo quiere extender los impuestos a las mujeres, que hasta entonces estaban exentas de pagar por el ganado que poseían. Cuando el funcionario le pregunta por el número de ovejas y cabras que tiene, Nwanyeruwa ve confirmados lo rumores que lleva semanas escuchando. Después de echarle de su casa a base de insultos y escupitajos, se dirige rápidamente a la plaza principal, donde siempre es fácil encontrar a mucha gente. Allí alerta sobre lo sucedido y convoca una asamblea de mujeres para esa misma tarde. La convocatoria se extiende con rapidez, las mujeres temen que los ingleses las ahoguen todavía más en la miseria y la desgracia que los blancos llevan consigo allá donde van. La mañana del 18 de noviembre de 1929 parecía una mañana como otra cualquiera, pero no lo era.

La principal decisión de la asamblea será la convocatoria de una protesta que tendrá lugar unos días más tarde, el 2 de diciembre. El objetivo inmediato es impedir la imposición de la tasa, pero hay muchas otras razones. Desde la llegada de los colonos, las mujeres de la etnia Igbo, a la que pertenece Nwanyeruwa, han perdido mucho poder. En la sociedad Igbo tradicional las mujeres disfrutaban de posiciones de autoridad en la organización política, social y religiosa de la aldea y el linaje se transmitía por vía materna. Sin embargo, la llegada del hombre blanco ha supuesto también la aparición del patriarcado, del odio y el desprecio a las mujeres. Los blancos han dado todo el poder a los hombres, que han ocupado los puestos que la administración colonial reserva para los nativos. Si antes los cargos eran electos y se repartían equitativamente, ahora la autoridad se concentra en unas pocas manos, las de aquellos que saben complacer a los colonos. Los amos siempre han sabido recompensar a los esclavos satisfechos.

La imposición del patriarcado ha acabado también con muchos de los mecanismos culturales que poseían las mujeres para apoyarse y defenderse entre ellas. Uno de estos mecanismos era el enfado, que se gestionaba colectivamente. Aunque podían tener sus propios problemas individuales, las mujeres eran consideradas una unidad cuando se producía un conflicto con un hombre. El enfado de una mujer era el de todas las mujeres de la aldea, así que los hombres lo temían y trataban de evitarlo. Esto no implicaba que los conflictos se resolviesen siempre a favor de las mujeres, pero esta red de solidaridad las colocaba en una posición más fuerte para dirimir los conflictos que tenían que ver con engaños, malos tratos o abusos de cualquier tipo. Además, la solidaridad actuaba también de forma preventiva, ya que los hombres evitaban realizar comportamientos que podían implicar un conflicto con todas las mujeres de la aldea.

Otro mecanismo cultural con el que contaban las mujeres igbo para apoyarse entre ellas era lo que se conocía como “sentarse encima de un hombre”. Esta práctica consistía básicamente en el señalamiento y la ridiculización de los hombres que habían tenido una actitud de desprecio hacia las mujeres, ya fuese por maltratar a su esposa, violar las normas del mercado que dependían de las mujeres o dejar que su ganado se alimentase en los terrenos donde pastaban los animales de una mujer. El señalamiento podía producirse de muchas formas diferentes, aunque las más frecuentes eran que las mujeres rodeasen la casa del hombre cantando canciones obscenas que ridiculizaban su virilidad o que, en casos más graves, destruyesen sus propiedades, llegando a incendiar su vivienda. En la sociedad igbo se consideraba que las mujeres tenían más capacidades de empatía y cuidado de lo colectivo, así que el resto de los hombres no solía defender al que había sido señalado. Esto no implica que los hombres tuviesen un rol permanente de sometimiento o pasividad, pero sí que las mujeres, entendidas como una unidad, eran las encargadas de la resolución de los conflictos, en tanto que se consideraba que tenían más capacidad para ello.

Sin embargo, la imposición de las instituciones coloniales había supuesto la ruptura de las sociedades indígenas, con la consecuente pérdida de las instituciones sociales y culturales propias. Como todos los demás pueblos colonizados, los igbo no solo ya no tenían capacidad de gobernarse a sí mismos, sino que ni siquiera podían ser quienes eran. El uno de enero de 1914 había entrado en vigor lo que a partir de entonces se conocería como el sistema de gobierno indirecto. Hasta ese momento los ingleses habían ocupado militarmente el territorio de Nigeria y facilitado y alentado la explotación privada de sus recursos, incluido el secuestro, tortura y venta de seres humanos como esclavos. Sin embargo, a partir de 1914 la metrópoli se dotará también de una estructura política capaz de garantizar de forma más efectiva el control sobre el territorio. Para ello creará la figura de los Jefes de Garantía, individuos nativos seleccionados por los colonos que se encargarán de hacer cumplir las disposiciones de la metrópoli. Sin otra función que la de complacer a los colonos a cambio de la mitad del dinero recaudado con impuestos, los Jefes de Garantía se convertirán en auténticos tiranos capaces de las mayores barbaridades. Esta dominación en el plano político se complementará con la labor de los misioneros cristianos, que contribuirán a la desestructuración de las sociedades indígenas mediante la imposición de la lengua, la educación, la religión y las prácticas culturales de la metrópoli. Por si eso fuera poco, los británicos creaban ahora un sistema de impuestos que gravaba las posesiones de toda la población, fuese cual fuese su poder adquisitivo. La dominación económica se unía así a la cultural y la política para crear una trampa de la que era imposible escapar. La avaricia de los blancos no tenía fin.

La mañana del 2 de diciembre más de diez mil mujeres se manifiestan frente a la oficina del Jefe de Garantía de la ciudad. La convocatoria ha corrido rápido por toda la provincia, así que también acuden mujeres de pueblos cercanos. Sin embargo, el Jefe de Garantía se niega a hablar con ellas. Las órdenes que ha recibido son claras, y no está dispuesto a perder la mitad de los ingresos que le han prometido por la nueva tasa. Pasan las horas pero las mujeres no están dispuestas a marcharse. Tampoco a quedarse quietas. Cuando cae la tarde, las igbo comienzan a cantar y bailar de forma ridícula, riéndose de los hombres que ocupan los puestos creados por los colonos. Rodean sus casas e impiden que salgan de ellas. De todas formas tampoco se atreven, la vergüenza del señalamiento se une al temor de que las mujeres consideren que la ofensa requiere acciones más contundentes. Al fin y al cabo, ellos también son igbo y saben lo que significa la práctica de “sentarse encima de un hombre”. Los blancos, en cambio, son demasiado soberbios para darle importancia a lo que está pasando. Aunque ellos también son señalados, piensan que todos esos bailes ridículos son solo la muestra de la inferioridad de los negros, especialmente de las mujeres. Como siempre, no entienden nada.

Durante los días siguientes, la protesta gana en intensidad y se extiende a más regiones del sur de Nigeria. La tensión aumenta por momentos. Las autoridades coloniales hacen caso a las súplicas de los Jefes de Garantía y envían tropas a las áreas afectadas. El objetivo es acabar con la protesta por la fuerza pero el envío de militares solo empeora la situación. Es una provocación, una declaración de guerra. Las mujeres comienzan a cortar carreteras para paralizar el tráfico comercial de los colonos. En uno de esos bloqueos, un militar británico atropella a varias mujeres, matando a dos de ellas. El resto de manifestantes se lanza hacia el coche y destroza el vehículo, intentando linchar a su ocupante. Éste consigue salir y huye del lugar malherido. Las mujeres no se equivocaban: los colonos les habían declarado la guerra.

Los hechos que sucederán durante las cuatro semanas siguientes serán conocidos entre los igbo como Ogu Ndem, “la Guerra de las Mujeres”. Grupos organizados de entre cuatrocientas y cuatro mil mujeres atacarán de forma sistemática puntos clave para la dominación política y económica de los colonos. Centenares de oficinas de correos, sedes de bancos y tiendas son atacadas e incendiadas. Lo mismo sucederá con los edificios oficiales: las mujeres no solo culpan a los colonos, sino también a los Jefes de Garantía, que actúan como perros obedientes con sus amos y se benefician de la explotación que estos generan.

La respuesta de los colonos no tardará demasiado. En una de las mayores protestas de la guerra, en la que participan más de veinticinco mil mujeres, la policía dispara contra las manifestantes y asesina a cincuenta de ellas. Después incendian aldeas enteras como forma de castigo colectivo. Sin embargo, la tensión es demasiado alta y los británicos temen que el levantamiento se extienda a más áreas del país, afectando a sus intereses económicos. Incapaces de reprimir el conflicto por la fuerza, dan marcha atrás a la imposición de la nueva tasa y destituyen a los Jefes de Garantía que ejercían su poder de forma más déspota. Además, permiten el acceso de las mujeres a las Cortes Nativas, las instituciones que hacía las veces de órgano representativo de los intereses de los indígenas en cada región, aunque en la práctica estaban controladas por los colonos.

La Guerra de las Mujeres ha pasado a la Historia como la mayor insurrección a la que tuvo que enfrentarse el gobierno colonial británico durante la ocupación de Nigeria. El levantamiento quedó en la memoria colectiva e inspiró muchas protestas, entre ellas la de 1938 contra los impuestos, la de 1940 contra los molinos de aceite o la de 1956 de nuevo contra el sistema impositivo. El fin de la colonización no se consiguió hasta 1960, pero las mujeres tenían razón: los colonos les habían declarado una guerra. Y la habían perdido.

De batallones y mujeres en guerras y revoluciones de Layla Martínez para nosotras.cnt.es
Edición: Antipersona
Aportaciones feministas en torno a la igualdad de mujeres y hombres en el ámbito laboral. Algunos aspectos prácticos para la acción sindical.

Aportaciones feministas en torno a la igualdad de mujeres y hombres en el ámbito laboral. Algunos aspectos prácticos para la acción sindical.

Desde el último Congreso Confederal de la CNT celebrado en Zaragoza en diciembre de 2015, nuestra organización se autodefine, entre otras maneras, como una organización feminista. Y para no quedarse sólo con el adjetivo, los Acuerdos sobre Acción Sindical vigentes contienen propuestas concretas y operativas para evitar y para combatir la discriminación por razón de género en los puestos y centros de trabajo.

Las diferencias salariales, segregación ocupacional horizontal y vertical, contratación a tiempo parcial, acoso sexual y por razón de sexo, discriminación por maternidad, menor cotización y prestaciones económicas por jubilación, sobrecargas femeninas.  A pesar de todo ello hay quién afirma que las mujeres ya tenemos igualdad. Supuestamente hemos dejado atrás el sistema patriarcal que nos esclavizaba y reducía al espacio privado del hogar y a las funciones biológicas. Supuestamente la subordinación legal ha sido abolida y tenemos derechos y leyes para combatir situaciones discriminatorias en el ámbito laboral o más amplio. Supuestamente tenemos trabajo, independencia económica, igualdad de oportunidades. Entonces, ¿son la brecha salarial, el techo de cristal, el sexismo o la violencia contra las mujeres sólo unos pequeños y puntuales desajustes que con el tiempo y con las medidas antidiscriminación y antiacoso desaparecerán por sí solos?

Para cambiar una realidad social se hace necesario reconocer los mecanismos y circunstancias subyacentes que la originan. Ello básicamente es y ha sido uno de los procedimientos del feminismo, o mejor dicho, de los feminismos. Solo la perspectiva del tiempo nos permite ahora apreciar como las aportaciones de los movimientos y teorías feministas, desde distintos ámbitos de la vida social, económica, política y cultural, y de acuerdo con su propio contexto histórico, han seguido el objetivo común; visibilizar la subordinación de las mujeres, poner sobre la palestra la contradicción entre el afirmar principios universales de igualdad por un lado, y la realidad de la desigualdad de poder, bienes, derechos y oportunidades entre mujeres y hombres (Escapa, 2009: 23).

Las estrategias y las tácticas han sido diversas, múltiples y a veces también contradictorias. Debido a falta de espacio y tiempo en esta ponencia, no es mi intención de realizar una revisión histórica de las vindicaciones feministas. Pero sí que considero importante mencionar al menos cómo ha cambiado a lo largo del último siglo la mirada y enfoque feminista en cuanto a ámbito laboral, porque ello en paralelo ha llevado a la redefinición del concepto de la igualdad, de aquello de “qué anhelamos las mujeres y los/las feministas”.

Durante mucho tiempo las mujeres hemos vivido al margen del sistema (sin que ello pudiese ser entendido como el sinónimo de libertad). Ya en el momento de las grandes transformaciones sociales, políticas y económicas que marcaron el siglo XVIII, las mujeres señalamos que el discurso de la supuesta igualdad y libertad de “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos” era en realidad una falacia porque nos excluía y básicamente era un discurso construido sobre y para los varones de una concreta clase, procedencia, raza (varón blanco, adulto, adinerado y propietario). La vindicación de las mujeres consistía en desenmascarar cómo la nueva sociedad moderna directamente legitimaba, y por lo tanto naturalizaba, nuestra posición de inferioridad y subordinación. Las mujeres pasábamos de patria potestad del padre a patria potestad del marido, nuestra capacidad de juicio era cuestionada, no podíamos administrar bienes conyugales, etcétera. El discurso giraba en torno a la protección de la mujer, el ser poco capacitado y eterno menor de edad, necesitado de custodia y protección masculina. No es por lo tanto de extrañar que durante décadas nuestro esfuerzo se centrase en igualar los derechos de las mujeres y de los hombres. Acceder a las esferas donde se tomaban las decisiones, salir al espacio público, acceder a la educación y a un trabajo remunerado en igualdad con los varones.

Posteriormente, las mujeres advertimos que el enfoque de persecución de igualdad formal ante la ley, que en realidad consistía en “añadirnos” a las mujeres al espacio masculino, era insuficiente. A pesar de que algunas hemos podido alcanzar metas importantes y acceder a profesiones deseadas, percibíamos que la sociedad nos seguía reduciendo al espacio privado y a las funciones biológicas. Más tarde, en la segunda mitad del s. XX, el enfoque se desplazó de los derechos civiles y políticos a los derechos sociales. En nuestra agenda aparecieron los conceptos de “género” y “patriarcado”. El primero, como un concepto clasificatorio cultural y social, identidad que adquieren las personas en función del papel que la sociedad atribuye al hecho de pertenecer a un determinado sexo (Quesada, 2009:3). El segundo, como un sistema de poder subyacente y muy arraigado, que rige todas las relaciones sociales, marcado por predominancia de los valores masculinos y subordinación de los valores femeninos. En referencia a ámbito laboral y de trabajo que aquí nos interesa, la fusión del binomio “masculino – femenino” y de las relaciones de poder de raíz patriarcal dieron lugar a lo que conocemos como la división sexual del trabajo, trabajo productivo y reproductivo.

Lo cierto es que la división sexual del trabajo ya existía con anterioridad a la época moderna. Nuestras actividades giraban mayoritariamente en torno a las labores del hogar, producción doméstica y crianza de hijos, mientras que hombres labraban el campo. Pero este reparto de trabajo según pertenencia a un determinado sexo, tenía más bien carácter de complementariedad. En los años 70, las teorías feministas evidencian cómo bajo el paraguas de sistema económico capitalista puesto en marcha en siglos previos, con la acumulación de capital, industrialización y el traslado del eje de trabajo de los campos/pequeñas producciones domésticas a las fábricas/ciudades, la división sexual de trabajo adquirió carácter de explotación. No sólo de clase, sino también de género.

En las últimas décadas, los feminismos han puesto de relieve que la construcción de sociedad moderna (occidental, capitalista) y del Estado de Bienestar se han hecho en realidad de espaldas a la realidad productiva y reproductiva de la mitad de la población (…) y que los modelos de Estado de bienestar conectaron, a lo largo del siglo XX, el goce de los derechos sociales con un modelo de trabajo productivo prototípicamente masculino (Bodelón, 2010 b; 88). ¿Cómo se explica esto? Pues que durante mucho tiempo nuestra lucha por lograr la igualdad se limitaba a exigir que las mujeres y hombres fuéramos iguales ante la ley. Las mujeres hemos dado vueltas y vueltas, nos hemos empeñado en adaptarnos y formar parte de un mundo laboral construido al margen nuestro, al margen de nuestras experiencias, realidades cotidianas y necesidades vitales de la población. Peleamos por la igualdad de trato y de oportunidades y por no ser discriminadas. La respuesta de la sociedad sin embargo ha sido unidireccional; mientras que asumimos la salida al espacio público, a duras penas se ha llegado a atacar la raíz del problema – el modelo social y económico patriarcal construido sobre las relaciones desiguales de género. Sin necesidad de más palabras, el siguiente extracto expresa de forma muy precisa lo comentado: “El resultado es que la organización de nuestras sociedades vista desde fuera puede parecer absolutamente absurda e irracional. Seguramente si una “extraterrestre” sin previa información viniera a observar nuestra organización y desarrollo de la vida cotidiana, plantearía una primera pregunta de sentido común: ¿cómo es posible que madres y padres tengan un mes de vacaciones al año y las criaturas pequeñas tengan cuatro meses? ¿quién las cuida? o ¿cómo es posible que los horarios escolares no coincidan con los laborales? ¿cómo se organizan las familias? Y ya no digamos si observa el número creciente de personas mayores que requieren cuidados directos. Probablemente nuestra extraterrestre quedaría asombrada de la pésima organización social de nuestra sociedad. Sin embargo, tendríamos que aclararle que está equivocada: no se trata exactamente de una mala organización, sino de una sociedad que continúa actuando como si se mantuviera el modelo de familia tradicional, es decir, una ama de casa a tiempo completo que realiza todas las tareas de cuidados necesarios. Y si esta mujer quiere incorporarse al mercado laboral, es su responsabilidad individual resolver previamente la organización familiar.” (Carrasco, 2001)

Desde los feminismos se ha llegado a la conclusión que la igualdad requiere cambios estructurales en todos los ámbitos de la vida y que las discriminaciones por razón de género en el ámbito laboral representan sólo una punta de iceberg. Parece lógico que, sin dejar de denunciar y combatirlas, en paralelo se hace necesario incidir sobre las estructuras subyacentes que las crean, es decir, redistribuir los recursos y el poder (la palabra “poder” no se entiende aquí como sinónimo de “mandar, privilegio de dominación y/o abuso de jerarquía”, sino como capacitad de empoderamiento, capacidad y libertad de hacer y de decir), remover la organización socioeconómica actual construida como una isla artificial al margen de la vida cotidiana.

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Siempre es deseable que nuestra acción sindical tenga como base la capacitad y potencia de fuerza colectiva y acción directa. Aun así conviene saber que tenemos a nuestra disposición algunas herramientas en las que poder apoyarnos. Si en muchas ocasiones nos vimos obligados y obligadas a acudir a lo articulado en la Constitución Española (CE) y a la Ley Orgánica de Libertad Sindical (LOL), en el caso que aquí nos interesa, nos conviene familiarizarnos con el trasfondo de la Ley Orgánica para la Igualdad efectiva de mujeres y hombres (LOIEMH).
El texto de la LOIEMH, aparte de reproducir conceptos como discriminación, igualdad de trato, igualdad de oportunidades, contiene también conceptos claves como igualdad plena, igualdad real, igualdad efectiva. Lo que en apariencia podría ser un juego de palabras, en realidad significa que se “reconoce oficialmente” que la igualdad formal ante la ley (sufragio, igualdad de trato y de oportunidades) no garantiza la desaparición de la endémica y sistémica discriminación de las mujeres por razón de género. El articulado de la LOIEMH abre un pequeño espacio para actuar en el ámbito laboral. Lo interesante es que no sólo se remarca el deber de eliminar las existentes, sino de prevenir las posibles situaciones y actuaciones discriminatorias.

La medida estrella son los Planes de Igualdad en las empresas. Tal como su nombre indica, son una especie de proyecto, programa planificado sobre algo que se va a realizar, cómo se va a realizar, en qué condiciones, bajo qué presupuesto y en qué espacio de tiempo. Es decir, no se deben entender como un documento estático, firmado y enmarcado sin más seguimiento y revisión. Su objetivo final es que en un momento dado sea del todo prescindible, porque eso significará que en el universo de nuestra empresa, asociación o cooperativa ya se habrán dado condiciones en las cuales el sexo/ género/identidad de una persona, sea cual sea, no condicione su trabajo, su posición y su valor (remuneración).

A pesar de que el concepto, marco y contenido de los planes de igualdad no son objeto de esta ponencia, considero importante remarcar al menos que no son documentos genéricos tipo “copiar y pegar” sino son una especie de “vestido a medida” de cada empresa según su organización y gestión, centros de trabajo, y sobretodo, según las circunstancias y composición de la plantilla. En segundo lugar, superan el marco de los convenios o acuerdos colectivos, porque engloban a la empresa en su totalidad, incluida la alta dirección. En tercer lugar, a mi entender son una herramienta muy útil porque, a diferencia de los convenios colectivos, en cierta forma albergan capacidad de poner en evidencia la incoherencia de la organización social y económica.

La LOIEMH menciona el mínimo de 250 personas trabajadoras en la empresa, independientemente de su modalidad de contractual, para que exista la obligación de elaborar y aplicar un Plan de Igualdad. Este dato a priori puede parecer desalentador porque del total de tejido productivo en el ámbito nacional (empresas, sociedades, cooperativas, ) sólo el 0,10% supera 200 personas en la plantilla, mientras que 95,7% emplean menos de 10 personas. Aun así, la misma obligación, independientemente del número de la plantilla, nace en el momento cuando así se acuerda en el convenio colectivo. Por ese motivo resulta especialmente relevante que estos contengan cláusulas que regulen no sólo el compromiso y plazo inicial para negociar un plan de igualdad sino también su contenido mínimo más allá de lo establecido en la LOIEMH. Quizás la vía más rápida, si no tenemos capacidad de involucrarnos en la negociación colectiva, es la autoridad laboral. Resultará de interés saber que la detección de una situación discriminatoria y la posterior denuncia a la Inspección de Trabajo y Seguridad Social puede dar lugar a la imposición de obligación de adoptar un Plan de Igualdad incluso en una empresa con un número reducido de personal.

Dejando de lado los Planes de Igualdad, su ausencia no exonera a la parte empresarial y/o directiva de adoptar medidas dirigidas a evitar cualquier tipo de discriminación. Las empresas privadas (no así las administraciones y empresas públicas) son a nuestro pesar libres para mantener su propio ámbito libre de decisión y gestión, pero esa libertad o posible falta de transparencia no está por encima del derecho fundamental a no ser discriminado/a por razón de sexo; derecho que “se ha de tutelar y configurar con independencia de una situación de crisis, y que no puede postergarse su cumplimiento en atención a circunstancias económicas determinadas” (Garrido, 2013: 139).

La tutela de derecho fundamental a la igualdad real y efectiva también abre la vía a la adopción de medidas de acción positiva; objeto de polémica en muchas ocasiones. Su lógica consiste en que, en ciertas ocasiones, aplicar la igualdad entre desiguales puede generar más desigualdad. Para explicarme, utilizaré el siguiente ejemplo:
Imaginaros una carrera de 100 metros en la cual participan una mujer y un hombre. Hoy, obviamente ambos iniciarán el recorrido desde el mismo punto de partida, dado que la igualdad de trato e igualdad de oportunidades han sido conseguidas. A lo largo de la carrera la mujer sin embargo empieza a quedar atrás debido a los factores biológicos como la menor fuerza, y porque lleva a la espalda una mochila cargada de piedras que representan roles de género tradicionales y modelos de socialización desiguales. Ahora bien, para que ambos puedan llegar al destino al mismo tiempo, la medida de acción positiva consiste en redistribuir el contenido y el peso de la mochila y adecuar la longitud o desnivel del recorrido según las capacidades y disposiciones físicas de cada uno de los participantes.

La consecución de la igualdad real y efectiva por lo tanto abre la posibilidad de exceptuar la igualdad formal y ofrecer cierta “ventaja” a un determinado sexo, si este ha sido objeto de discriminación colectiva (Ver por ejemplo STC 128/1987 que exceptúa puntualmente la igualdad formal para lograr la igualdad real. Documento disponible) . Hay que tener muy presente que 1) las medidas de acción positiva han de ser algo temporal, excepcional, racional y proporcional 2) tendrían que estar acompañadas con medidas más estructurales, rediseño de prácticas y normas colectivas.

La mayor dificultad quizás consiste en detectar las situaciones y normativas falsamente neutrales que canalizan hacia la desigualdad y discriminación en el ámbito laboral. Como se ha comentado previamente, los convenios y acuerdos colectivos no suelen cuestionar la organización socioeconómica. A la hora de hablar de igualdad de género en el ámbito laboral, generalmente se suelen reproducir buenas intenciones, medidas genéricas o ambiguas, de escaso calado, o se suele repetir la normativa ya existente sin más. Nuestros Acuerdos sobre Acción Sindical dan muchas pistas para la actuación; revisar convenios colectivos, revisar planes de igualdad ya existentes, denunciar su falta, incumplimiento o no aplicación, elaboración de fichas de secciones sindicales, etcétera. Muy útil puede resultar la comparación de un plan de igualdad existente y el convenio colectivo en la misma empresa, porque probablemente saltará a la vista la incoherencia de uno respecto a otro.

A pesar del posible rechazo que esta visión feminista pueda suscitar, considero en primer lugar imprescindible que las mujeres estemos sin limitaciones y sin condiciones allí donde se toman las decisiones, realizan proyectos y se hacen propuestas. Ya sea en los puestos de alta dirección o de alto nivel de profesión, ya sea en las reuniones y asambleas de los sindicatos. Creo así porque, no es tanto el objetivo de que, en aras de igualdad, haya tres supervisoras allí donde ya hay tres supervisores, o viceversa. Lo que interesa es que, una vez las mujeres lleguemos a espacios de difícil acceso, podamos hacer ver que el ámbito laboral productivo, tal como ha sido construido al margen nuestro, es insostenible.

Tatiana Melnicukova, afiliada al SOV de CNT de L’Hospitalet de Llobregat.

Fotografía: Olmo Calvo.