«El sector de cuidados es esencial y sin nosotras este servicio no funciona»

«El sector de cuidados es esencial y sin nosotras este servicio no funciona»

Entrevista a Concepción Lastra, cuidadora y delegada sindical de CNT.

Las y los asistentes de ayuda domiciliaria, un sector que realiza tareas esenciales en nuestra sociedad, denuncia la situación de precariedad y explotación en que se encuentra a lo largo y ancho del Estado.

En Santander, la UTE QSAD, empresa con la que el Instituto Cántabro de Servicios Sociales —del gobierno del PRC-PSOE— subcontrata el servicio de atención a personas mayores y dependientes impone a las cuidadoras condiciones leoninas sin apenas resistencia por parte de CCOO, según denuncian las trabajadoras. Concepción Lastra, delegada sindical de CNT nos explica en qué condiciones se encuentran y su lucha sindical. Lo tiene muy claro: «Si no trabajan por ti, que no decidan por ti».

CNT: ¿En qué consiste la ayuda a domicilio que prestáis?
CONCEPCIÓN LASTRA: Es un servicio con una serie de actuaciones preventivas, rehabilitadoras, formativas y de atención personal y doméstica realizas por personal cualificado llevadas a cabo en el domicilio de las personas en situación de dependencia, con el fin de prestar apoyo y atender sus necesidades básicas permitiendo la permanencia de los usuarios dependientes en su entorno y también prestando apoyo a sus cuidadores familiares.

CNT: ¿Es un sector muy feminizado?
CONCEPCIÓN LASTRA: Sí, aunque la dirección y dueños de estas empresas son mayoritariamente hombres.

CNT: ¿De dónde surgen el conflicto que tenéis ahora?
CONCEPCIÓN LASTRA: Esto ya se viene fraguando desde septiembre 2015, con la adjudicación de UTE QSAD ( diciembre 2015) que se quedó dos lotes, la zona 2 y la zona 3 que es la que nos ocupa. Pues bien, ya entonces la empresa QSAD empezó con las modificaciones en las condiciones de trabajo: hubo reducciones de jornada, cambios de categoría, dejar de pagar los kilometrajes etc., y ya en una reunión en septiembre 2015 con UGT las delegadas que había entonces y los asesores del sindicato nos dijeron que la nueva empresa “pintaba bien”, pero que no le parecía bien a la empresa el sistema de turnos 6/2 —trabajar seis días, descansar dos— con el que nos subrogaron, por lo tanto había que cambiarlo. El asesor que se jubilaba (Antonio Gázquez) de UGT dijo que 5/2 —cinco días, dos libranzas— y la asesora que quedaría en su puesto (Margarita Pelayo), nos dijo que sería un 4/2 —cuatro días se trabaja, dos se descansa—. No pudieron hacerlo entonces, y solo se solicitó a esta empresa un calendario laboral como tienen en la zona 2, pero aprovenchado la mayoría de la sección sindical de las trabajadoras independientes en el comité de empresa y a petición suya con apoyo de UGT nos pretenden imponer esta modificación a todas luces ilegal, ahora en el 2018, porque se va a sacar a subasta el servicio en el 2019. De esta forma nos subrogan aún más baratas.

CNT: ¿Qué solicita la sección sindical de CNT? ¿Y los otros sindicatos?
CONCEPCIÓN LASTRA: Lo que queremos ahora es impedir que se lleve a cabo tal modificación y nos respeten las condiciones en las que estamos, con las que fuimos subrogadas, y de ahí recuperar los derechos perdidos a lo largos de los años de subcontratación. También es nuestro objetivo mejorar las condiciones laborales de las trabajadoras, por lo que lucharemos por conseguir nuevas mejoras. Y que el servicio vuelva a ser público: eso es lo más importante. Quitando el Sindicato Unitario, que está en esta lucha, los demás sindicatos no han hecho nada para evitar la pérdida de derechos y han contribuido a la precarización de nuestras condiciones laborales. Es más, han desunido a la plantilla, y se ha dado el caso de una compañera, por hablar conmigo, literalmente me dijo que la pusieron “verde”. Considero que este no es el camino, sino que nos debemos de unir aunque sea entre nosotras como trabajadoras, puesto que tenemos los mismos problemas y luchas.

CNT: ¿Hay denuncias previas a esta?
CONCEPCIÓN LASTRA: Sí, tanto por modificaciones por reducciones de jornada, por kilometrajes, por despidos, por conciliación familiares etc.

CNT: ¿Cómo se aprovechan las empresas? ¿Cuáles son sus procedimientos?
CONCEPCIÓN LASTRA: En la puja de la subasta del servicio, pujan a la baja con ofertas temerarias y, claro, lo consiguen, pero eso no es viable y luego con sus predicciones de lo que esperan ganar, que luego no se cumplen, porque son absolutamente codiciosos, pretenden sacarlo de las trabajadoras y de las copagos de los usuarios. En la actualidad, la nueva propuesta de esta empresa es que el gobierno de Cantabria les pague más por hora prestada por usuario. Eso sí, contribuyendo las arcas públicas en su propio beneficio. Sus procedimientos ya son bien sabidos: abaratan costes, a través de precarizar a las trabajadoras. Hay que recordar que hacemos constantes desplazamientos en prestación del servicio —trabajan en distintos pueblos en un mismo día, atendiendo a gente mayor y dependiente que lo necesita—, con nuestro propio vehículo y sin apenas gastos de kilometraje por parte de la empresa, ya que lo costeamos las trabajadoras. Teniendo a su total disponibilidad a las trabajadoras, con el consabido “me debes horas”, debido a que a menudo no nos encomiendan servicios suficientes para completar las jornadas.

CNT: ¿Hacen algo las administraciones?
CONCEPCIÓN LASTRA: Nada, aun teniendo pleno conocimiento de tales prácticas.

CNT: ¿Qué dirías a alguien que se encuentre en tu situación?
CONCEPCIÓN LASTRA: Que luchen por su puesto de trabajo y por unas condiciones dignas, que se puede conseguir, uniéndonos, porque somos un sector esencial y sin nosotras este servicio no funciona. También que pierdan el miedo, que no estamos solas, que desde CNT pedimos su solidaridad, ya que tendrán la nuestra. Porque no somos máquinas de hacer dinero, somos seres humanos y como tal debemos ser tratadas. Si no trabajan por ti, que no decidan por ti.

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Cuidar a las que cuidan

Cuidar a las que cuidan

Tanto o más importante que el techo de cristal para mujeres directivas es el suelo de barro en el que trabajan las mujeres que cuidan de mayores y dependientes.

 

No hay autonomía posible si esta no parte de los vínculos con los demás. El neoliberalismo lo sabe y, justo por eso, se empeña en convencernos de hacer vidas cada vez más individuales, ergo más precarias y a la vez dominables. A fuerza de dejar de preocuparnos por lo relacional, por los cuidados recíprocos, por el común, dejamos que la soledad acreciente nuestra vulnerabilidad, y permitimos, incluso, que la atención a esta vulnerabilidad se convierta en un nicho de mercado, y que se brinde con criterio empresarial.

El encargado de velar por la asistencia a mayores y dependientes en buena parte del Estado es hoy nada menos que Florentino Pérez, presidente del Real Madrid y, a la sazón, de Clece, sociedad multiservicios del grupo ACS, que cuando le falló el ladrillo amplió horizontes sin pudor. Vivimos en una sociedad lo bastante absurda como para poner los cuidados en manos empresas que lo mismo te gestionan un residuo urbano o una zona ajardinada que una residencia de ancianos o la asistencia domiciliaria. Se ha entregado un bien social al ámbito del negocio puro y duro. En fin.

Recientemente, la Plataforma de Auxiliares de Ayuda a Domicilio ha denunciado en el Congreso la precariedad con la que desarrollan un servicio esencial para colectivos vulnerables y, por tanto, para toda la sociedad —todos somos dependientes en alguna medida y, antes o después, lo seremos más—. Las cuidadoras se ven obligadas a denunciar la precariedad y la explotación en un sector que, cómo no, ha sido subcontratado ergo privatizado en todo el Reino de España.

En Cantabria, sin ir más lejos, las delegadas sindicales de CNT y el Sindicato Unitario han denunciado que la UTE QSAD, empresa con la que el Instituto Cántabro de Servicios Sociales (ICASS) subcontrata la asistencia domiciliaria desde 2016, recorta sus ya recortadas condiciones laborales, las explota, algo que, consideran, no sólo las afecta a ellas, sino que repercute en la calidad del servicio, en el bienestar de los usuarios, personas, recordemos, mayores y dependientes.

Hay denuncias en Cantabria, pero también en Madrid, Sevilla, Córdoba, Málaga, Bizkaia, Barcelona… Es general, vaya. Las empresas imponen contratos de jornada mínima con salarios muy bajos, reducciones de horas sin merma del trabajo a realizar, horarios discontinuos con desplazamientos no retribuidos, rapiña en los días de libranza cuando ni siquiera disfrutan de domingos y festivos, no reconocimiento de las enfermedades laborales… Condiciones deplorables, por resumir.

En este colectivo, la gran mayoría son mujeres: es un sector feminizado y, por ello, depauperado. Un sector, además, con un gran porcentaje de trabajadoras migrantes, muchas chantajeadas por la presión de no perder el contrato que asegure su residencia.

Cuidar de los ancianos, nuestros mayores, nuestros progenitores, quienes han trabajado tantos años, quienes acumulan una experiencia que la juventud por ley de vida no tiene, resulta ser hoy algo así como una gestión de residuos. Basta escuchar las declaraciones sobre el colectivo pensionista de ese icono de la vagancia y el descaro político-institucional que es Celia Villalobos —campeona del Candy Crush y de las siestas en el Congreso— para ver el lugar al que han quedado relegados los mayores en nuestra sociedad. Malas pensiones y mal acompañamiento, y todo ello bajo la sombra de una misma amenaza: la empresa y la banca acechan, quieren hacer caja en el sector de la protección y los cuidados.

Para revertir esta terrible tendencia, es imprescindible reconocer el valor social del trabajo de las mujeres que cada día se hacen cargo de una labor fundamental, mujeres que trabajan en pésimas condiciones mientras sufren en sus manos y sus espaldas la dureza de tareas vitales que otros no pueden o no quieren hacer. Deberían tener, cuando menos, tanta equidad en las condiciones laborales como prestigio social y, en cambio, se les come la precariedad mientras las administraciones miran para otro lado.

Ahora que el mensaje de los feminismos llega con más fuerza conviene recordar que la economía feminista pone en el centro el valor de los cuidados: la reproducción de la vida es una cuestión esencial que debemos asumir entre todos, y un trabajo cuyo valor debe ser reconocido. Es relevante romper el techo de cristal para mujeres que desean llegar a puestos directivos, pero lo es tanto o más acabar con el suelo de barro al que están abocadas mujeres que realizan una tarea tan desagradecida y silenciosa como fundamental. Crear riqueza social es mucho más que hacer dinero.

Así que gigantes como Eulen, Clece o empresas más pequeñas como QSAD, que muestran poca vocación de cuidados explotando y maltratando a sus cuidadoras, deberían considerarse incapacitadas para esta importante labor. Las cuidadoras advierten de que la privatización ha conseguido, sobre todo, empeorar el servicio. Experiencias de remunicipalización como la de Albolote muestran otro camino, una mejora del servicio —que incluso ha producido superávit— cuando el principio rector es el bien común y no el beneficio empresarial.

Algo dice de nosotros que proliferen los autocuidados en clave neoliberal —la industria de la felicidad egocéntrica: coaching, masajes, nutricionistas, personal trainer, yoga, mindfulness…— y cada vez menos los cuidados recíprocos. Parecemos no entender que la fragilidad y la vulnerabilidad son comunes a todos y en común se deben gestionar. Descuidarlo, descuidarnos, nos aboca a terminar nuestros días solos, enfermas, abandonados. Y nadie quiere acabar así.

Patricia Manrique
Artículo publicado originalmente en eldiario.es

La colonización de Nigeria y la guerra de las mujeres Igbo, que patearon un montón de culos blancos y negros

La colonización de Nigeria y la guerra de las mujeres Igbo, que patearon un montón de culos blancos y negros

La mañana del 18 de noviembre de 1929 parece una mañana como otra cualquiera. Mark Emerewua está haciendo su trabajo, que en los últimos meses consiste en revisar los datos que posee el gobierno británico sobre la población del este de Nigeria. Esos datos fueron tomados dos años antes, cuando la metrópoli decidió que podía incrementar todavía más el nivel de explotación al que estaba sometiendo a su colonia. Los colonos habían mandado decenas de funcionarios por todo el país para contabilizar a la población y anotar meticulosamente las cabezas de ganado que poseía. Después habían fijado una tasa por cada una de ellas. Contar a la población para hacer más eficientes los dispositivos de dominación. Conocerla mejor para explotarla mejor.

Ahora, en 1929, el gobierno británico se dispone a revisar esos datos. Según les ha dicho a las autoridades locales se trata solo de un intento de mejorar la información, que en muchos casos había quedado incompleta. Los gobiernos locales hacen la función que tienen asignada: cerrar la boca y complacer al amo. Al fin y al cabo, los británicos son los que les han colocado en el poder y les permiten hacer lo que quieran con la población siempre que no interfieran con los intereses de la metrópoli. La gente, en cambio, tiene muchos más motivos para desconfiar. El censo de hace dos años permitió la creación de un impuesto que ahoga sus miserables ganancias, y nada hace pensar que no vaya a suceder de nuevo. Cuando Mark Emerewua llama a las puertas de las casas y pregunta por el número de personas que viven en ella y el ganado que poseen, todos murmuran maldiciones entre dientes.

Una de las casas que visita Emerewua esa mañana es la de Nwanyeruwa, una mujer de mediana edad que acaba de quedarse viuda. Él interpreta a la perfección su papel de burócrata mezquino, pero ella no está dispuesta a que las maldiciones se queden solo entre sus dientes. Ha tenido demasiada mala suerte últimamente. En la ciudad se rumorea que el nuevo censo quiere extender los impuestos a las mujeres, que hasta entonces estaban exentas de pagar por el ganado que poseían. Cuando el funcionario le pregunta por el número de ovejas y cabras que tiene, Nwanyeruwa ve confirmados lo rumores que lleva semanas escuchando. Después de echarle de su casa a base de insultos y escupitajos, se dirige rápidamente a la plaza principal, donde siempre es fácil encontrar a mucha gente. Allí alerta sobre lo sucedido y convoca una asamblea de mujeres para esa misma tarde. La convocatoria se extiende con rapidez, las mujeres temen que los ingleses las ahoguen todavía más en la miseria y la desgracia que los blancos llevan consigo allá donde van. La mañana del 18 de noviembre de 1929 parecía una mañana como otra cualquiera, pero no lo era.

La principal decisión de la asamblea será la convocatoria de una protesta que tendrá lugar unos días más tarde, el 2 de diciembre. El objetivo inmediato es impedir la imposición de la tasa, pero hay muchas otras razones. Desde la llegada de los colonos, las mujeres de la etnia Igbo, a la que pertenece Nwanyeruwa, han perdido mucho poder. En la sociedad Igbo tradicional las mujeres disfrutaban de posiciones de autoridad en la organización política, social y religiosa de la aldea y el linaje se transmitía por vía materna. Sin embargo, la llegada del hombre blanco ha supuesto también la aparición del patriarcado, del odio y el desprecio a las mujeres. Los blancos han dado todo el poder a los hombres, que han ocupado los puestos que la administración colonial reserva para los nativos. Si antes los cargos eran electos y se repartían equitativamente, ahora la autoridad se concentra en unas pocas manos, las de aquellos que saben complacer a los colonos. Los amos siempre han sabido recompensar a los esclavos satisfechos.

La imposición del patriarcado ha acabado también con muchos de los mecanismos culturales que poseían las mujeres para apoyarse y defenderse entre ellas. Uno de estos mecanismos era el enfado, que se gestionaba colectivamente. Aunque podían tener sus propios problemas individuales, las mujeres eran consideradas una unidad cuando se producía un conflicto con un hombre. El enfado de una mujer era el de todas las mujeres de la aldea, así que los hombres lo temían y trataban de evitarlo. Esto no implicaba que los conflictos se resolviesen siempre a favor de las mujeres, pero esta red de solidaridad las colocaba en una posición más fuerte para dirimir los conflictos que tenían que ver con engaños, malos tratos o abusos de cualquier tipo. Además, la solidaridad actuaba también de forma preventiva, ya que los hombres evitaban realizar comportamientos que podían implicar un conflicto con todas las mujeres de la aldea.

Otro mecanismo cultural con el que contaban las mujeres igbo para apoyarse entre ellas era lo que se conocía como “sentarse encima de un hombre”. Esta práctica consistía básicamente en el señalamiento y la ridiculización de los hombres que habían tenido una actitud de desprecio hacia las mujeres, ya fuese por maltratar a su esposa, violar las normas del mercado que dependían de las mujeres o dejar que su ganado se alimentase en los terrenos donde pastaban los animales de una mujer. El señalamiento podía producirse de muchas formas diferentes, aunque las más frecuentes eran que las mujeres rodeasen la casa del hombre cantando canciones obscenas que ridiculizaban su virilidad o que, en casos más graves, destruyesen sus propiedades, llegando a incendiar su vivienda. En la sociedad igbo se consideraba que las mujeres tenían más capacidades de empatía y cuidado de lo colectivo, así que el resto de los hombres no solía defender al que había sido señalado. Esto no implica que los hombres tuviesen un rol permanente de sometimiento o pasividad, pero sí que las mujeres, entendidas como una unidad, eran las encargadas de la resolución de los conflictos, en tanto que se consideraba que tenían más capacidad para ello.

Sin embargo, la imposición de las instituciones coloniales había supuesto la ruptura de las sociedades indígenas, con la consecuente pérdida de las instituciones sociales y culturales propias. Como todos los demás pueblos colonizados, los igbo no solo ya no tenían capacidad de gobernarse a sí mismos, sino que ni siquiera podían ser quienes eran. El uno de enero de 1914 había entrado en vigor lo que a partir de entonces se conocería como el sistema de gobierno indirecto. Hasta ese momento los ingleses habían ocupado militarmente el territorio de Nigeria y facilitado y alentado la explotación privada de sus recursos, incluido el secuestro, tortura y venta de seres humanos como esclavos. Sin embargo, a partir de 1914 la metrópoli se dotará también de una estructura política capaz de garantizar de forma más efectiva el control sobre el territorio. Para ello creará la figura de los Jefes de Garantía, individuos nativos seleccionados por los colonos que se encargarán de hacer cumplir las disposiciones de la metrópoli. Sin otra función que la de complacer a los colonos a cambio de la mitad del dinero recaudado con impuestos, los Jefes de Garantía se convertirán en auténticos tiranos capaces de las mayores barbaridades. Esta dominación en el plano político se complementará con la labor de los misioneros cristianos, que contribuirán a la desestructuración de las sociedades indígenas mediante la imposición de la lengua, la educación, la religión y las prácticas culturales de la metrópoli. Por si eso fuera poco, los británicos creaban ahora un sistema de impuestos que gravaba las posesiones de toda la población, fuese cual fuese su poder adquisitivo. La dominación económica se unía así a la cultural y la política para crear una trampa de la que era imposible escapar. La avaricia de los blancos no tenía fin.

La mañana del 2 de diciembre más de diez mil mujeres se manifiestan frente a la oficina del Jefe de Garantía de la ciudad. La convocatoria ha corrido rápido por toda la provincia, así que también acuden mujeres de pueblos cercanos. Sin embargo, el Jefe de Garantía se niega a hablar con ellas. Las órdenes que ha recibido son claras, y no está dispuesto a perder la mitad de los ingresos que le han prometido por la nueva tasa. Pasan las horas pero las mujeres no están dispuestas a marcharse. Tampoco a quedarse quietas. Cuando cae la tarde, las igbo comienzan a cantar y bailar de forma ridícula, riéndose de los hombres que ocupan los puestos creados por los colonos. Rodean sus casas e impiden que salgan de ellas. De todas formas tampoco se atreven, la vergüenza del señalamiento se une al temor de que las mujeres consideren que la ofensa requiere acciones más contundentes. Al fin y al cabo, ellos también son igbo y saben lo que significa la práctica de “sentarse encima de un hombre”. Los blancos, en cambio, son demasiado soberbios para darle importancia a lo que está pasando. Aunque ellos también son señalados, piensan que todos esos bailes ridículos son solo la muestra de la inferioridad de los negros, especialmente de las mujeres. Como siempre, no entienden nada.

Durante los días siguientes, la protesta gana en intensidad y se extiende a más regiones del sur de Nigeria. La tensión aumenta por momentos. Las autoridades coloniales hacen caso a las súplicas de los Jefes de Garantía y envían tropas a las áreas afectadas. El objetivo es acabar con la protesta por la fuerza pero el envío de militares solo empeora la situación. Es una provocación, una declaración de guerra. Las mujeres comienzan a cortar carreteras para paralizar el tráfico comercial de los colonos. En uno de esos bloqueos, un militar británico atropella a varias mujeres, matando a dos de ellas. El resto de manifestantes se lanza hacia el coche y destroza el vehículo, intentando linchar a su ocupante. Éste consigue salir y huye del lugar malherido. Las mujeres no se equivocaban: los colonos les habían declarado la guerra.

Los hechos que sucederán durante las cuatro semanas siguientes serán conocidos entre los igbo como Ogu Ndem, “la Guerra de las Mujeres”. Grupos organizados de entre cuatrocientas y cuatro mil mujeres atacarán de forma sistemática puntos clave para la dominación política y económica de los colonos. Centenares de oficinas de correos, sedes de bancos y tiendas son atacadas e incendiadas. Lo mismo sucederá con los edificios oficiales: las mujeres no solo culpan a los colonos, sino también a los Jefes de Garantía, que actúan como perros obedientes con sus amos y se benefician de la explotación que estos generan.

La respuesta de los colonos no tardará demasiado. En una de las mayores protestas de la guerra, en la que participan más de veinticinco mil mujeres, la policía dispara contra las manifestantes y asesina a cincuenta de ellas. Después incendian aldeas enteras como forma de castigo colectivo. Sin embargo, la tensión es demasiado alta y los británicos temen que el levantamiento se extienda a más áreas del país, afectando a sus intereses económicos. Incapaces de reprimir el conflicto por la fuerza, dan marcha atrás a la imposición de la nueva tasa y destituyen a los Jefes de Garantía que ejercían su poder de forma más déspota. Además, permiten el acceso de las mujeres a las Cortes Nativas, las instituciones que hacía las veces de órgano representativo de los intereses de los indígenas en cada región, aunque en la práctica estaban controladas por los colonos.

La Guerra de las Mujeres ha pasado a la Historia como la mayor insurrección a la que tuvo que enfrentarse el gobierno colonial británico durante la ocupación de Nigeria. El levantamiento quedó en la memoria colectiva e inspiró muchas protestas, entre ellas la de 1938 contra los impuestos, la de 1940 contra los molinos de aceite o la de 1956 de nuevo contra el sistema impositivo. El fin de la colonización no se consiguió hasta 1960, pero las mujeres tenían razón: los colonos les habían declarado una guerra. Y la habían perdido.

De batallones y mujeres en guerras y revoluciones de Layla Martínez para nosotras.cnt.es
Edición: Antipersona
Caminando hacia la Huelga General 8M

Caminando hacia la Huelga General 8M

Los sindicatos que firmamos este manifiesto hacemos un llamamiento a todas las mujeres, bollos y trans del sur de Madrid a que secunden y apoyen la huelga feminista del 8M convocada por la Comisión 8M del Movimiento Feminista Estatal.

Porque nosotras somos las pobres, las precarias, las migrantes, las trabajadoras del sexo, las paradas, las desahuciadas. A las que la crisis golpea con más fuerza porque a nuestras casas llegó antes que a los barrios más pudientes. Somos las invisibles y las marginadas, a las que no les dan voz porque nuestra opinión parece que no importa. Pero también somos las más guerreras, nuestra forma de vida es una lucha constante: para llegar a fin de mes con nuestros trabajos precarios a veces sin ni siquiera contrato, con nuestros hijos porque la conciliación familiar es algo con los que los políticos se llenan la boca pero que nosotras no hemos llegado a ver, en casa, con ese reparto de tareas en el que nosotras trabajamos fuera y también dentro de casa. Luchamos por quien amamos, para intentar normalizar una situación en nuestros barrios que para nosotras es totalmente normal, porque solo estamos amando a una persona, sin importar su género.

Llamamos a la huelga a nuestras vecinas, nuestras hermanas, madres y amigas porque el eslogan de la huelga, ‘SIN NOSOTRAS SE PARA EL MUNDO’, en el sur de Madrid está más presente que nunca, nosotras somos las que limpiamos sus casas, cuidamos de sus hijos e hijas y de sus mayores, las que trabajamos en sus empresas y las que les servimos el café de la mañana, sin nosotras las y los de arriba no son nadie.

Dicen que el feminismo está de moda, pero no el nuestro, el nuestro sigue siendo incómodo y combativo, no utilizamos buenas palabras para expresar nuestra rabia y frustración cuando sufrimos las injusticias diarias por nuestro género, tendencia sexual o clase social. Somos las que estamos en las puertas de las empresas megáfono y bandera en mano reclamando nuestros derechos y exigiendo mejoras laborales, las que paramos los desahucios haciendo piña contra la policía, las que están en las manifestaciones por una sanidad pública y de calidad a la que no la llegan los fondos públicos porque los políticos los reparten entre sus amigotes, las que pelean por una buena educación para sus hijos e hijas, las que estamos en las protestas estudiantiles.

Os llamamos a todas a la huelga porque nos están matando. Nos mata quien dice amarnos, nos mata quien recorta la inversión en violencia de género, nos mata quien recorta en educación. Nos mata quien en vez de dar una noticia y llegar a la raíz del problema, se detiene en detalles morbosos y escabrosos. Nos matan, nos cuestionan quienes se supone que están para hacer justicia, jueces y policías.

Llamamos a la huelga también a nuestros vecinos, hermanos, padres y compañeros, a aquellos que comparten nuestra lucha diaria, para que ese día están a nuestro lado, apoyando. Porque la discriminación por cuestión de género es algo que nos atañe a todas y todos.

Las y los anarcosindicalistas luchamos por una sociedad en la que cualquier forma de autoridad sea abolida. Queremos que todas las personas, independientemente de nuestro sexo, podamos vivir, desarrollarnos y relacionarnos en pie de igualdad y de libertad. Por eso exigimos:

  • Equiparación salarial: La brecha salarial alcanza niveles vergonzosos y se concreta en la menor retribución de las mujeres por trabajos equivalentes, infravaloración de categorías tradicionalmente femeninas o diferencias salariales entre sectores feminizados y masculinizados.
  • Acceso igualitario al empleo, la promoción y la formación.
  • Fin de la precarización del empleo de las mujeres: los contratos temporales, parciales con jornadas extenuantes fuera de contrato o los trabajos por horas sin cotización o sin contrato son una epidemia en las condiciones de trabajo de las mujeres.
  • Reconocimiento del trabajo de cuidados realizado en su gran mayoría por mujeres sin remuneración.
  • Medidas efectivas contra el acoso sexual hacia las mujeres en el ámbito laboral.
  • La implantación obligatoria de planes igualdad en todas las empresas.

Necesitamos que todo cambie para poder hablar de igualdad y por eso el 8M saldremos juntas a la calles.
Súmate a la huelga general de mujeres del 8M “PORQUE SIN NOSOTRAS SE PARA EL MUNDO”.

CNT COMARCAL SUR
CNT ARANJUEZ
CGT ZONA SUR